sábado, 25 de marzo de 2017

EL MONSTRUO QUE HEMOS CREADO: CONCILIOS, DENOMINACIONES Y CELEBRIDADES.


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Cuando usted saca el trabajo de la iglesia de la estructura de la misma, se empieza a crear un ambiente ideal para problemas peligrosos.

Escrito por Kyle Borg | Jueves,14de septiembre, 2016

Ahora, en este punto sería muy fácil empezar a dar nombres. La cultura de la que estoy hablando tiene muchas caras, desde concilios populares y redes, hasta marcas, plataformas, imperios de blogs, y pastores celebridades; todos ellos son quienes dan vida a este monstruo.
Debo aclarar que no estoy en contra de detalles específicos.

Aquellos que descaradamente se auto promueven ante los ojos del público deberían esperar la opinión pública y no deberían llegar a ignorar, intimidar o callar a aquellos que les brindan menos apoyo entusiasta. Pero en lugar de descender a esos detalles, simplemente quiero reflexionar sobre lo que percibo como algunas preocupaciones notables sobre esta cultura de concilios, marcas y celebridades.

En la novela de Mary Shelley, Frankenstein, un joven científico, Víctor Frankenstein, encontró una forma de dar vida a los que no viven. Su ambición lo llevó a un experimento científico poco convencional que engendra una creatura grotesca por quien él no reclamará ninguna responsabilidad. Con el paso del tiempo su monstruo se convierte en todo su dolor y ruina. Con sus elevadas ambiciones destruidas por el desaliento, Víctor determina que lo único que puede cambiar el destino es “perseguir y destruir a aquel al que yo le di la existencia”. Pero es demasiado tarde. El monstruo ya no podía ser controlado.

No soy un crítico literario, y para ser honesto, solo estoy familiarizado de manera superficial con Frankenstein. Pero entre sus varios temas, la trama de su historia se erige como una advertencia contra la extensión y creación de lo que no debería haber sido creado. Mientras que la novela de Mary Shelley es el rechazo del movimiento romántico contra la revolución industrial, quizás hay una pequeña voz profética que le recuerda a la iglesia cuan rápidamente las ambiciones pueden salirse de control y resultar en monstruos deformes que prueban ser destructivos para las nobles aspiraciones con las cuales comenzamos. Digo eso porque me parece que exactamente ese el tipo de monstruo que el movimiento evangélico más amplio ha creado. En los laboratorios de experimentación se ha creado algo que sólo puede describirse como un tipo de monstruo -una cultura de concilios, marcas y celebridades- y que está empezando a crecer muy fuerte como para ser contenido. Se ha creado algo que no debería haber sido creado.

Como un apunte personal, no estoy muy enamorado de esa cultura. Dentro de ella no tengo amigos, pero tampoco enemigos. Dentro de ella no tengo futuro, pero tampoco pasado. De ella no he ganado nada, pero tampoco he perdido nada. Soy un pastor desconocido sirviendo en un lugar escondido y en una escondida denominación. Quizá esto me da poco prejuicio o una perspectiva irregular sobre este monstruo cultural. O, quizá, es precisamente mi posición enigmática la que me concede cierta libertad para comunicar las preocupaciones que tengo con lo que se ha creado. Después de todo, me costará muy poco.

Ahora, en este punto, sería muy fácil comenzar a nombrar nombres. La cultura de la que hablo tiene muchas caras desde los consejos y redes populares, hasta nombres de marca, plataformas, imperios de blogs, promotores y pastores famosos, todos los cuales dan vida al monstruo. Debo señalar que no me opongo a los detalles. Aquellos que descaradamente se promueven a sí mismos a la vista del público deben esperar la opinión pública y no deben llegar a ignorar, intimidar o silenciar a aquellos que les ofrecen menos apoyo entusiasta. Pero en lugar de descender a esos detalles, simplemente quiero reflexionar sobre lo que percibo como algunas preocupaciones notables sobre esta cultura de consejos, marcas y celebridades.

Este monstruo de concejos, coaliciones y redes, florece en un ambiente que existe independientemente de la autoridad espiritual y las estructuras de rendición de cuentas previstas por Jesús. Eso no sería un problema, excepto que muchas de estas organizaciones parecen haber asumido el trabajo de la iglesia. Por ejemplo, conectando la gracia de Dios con el mundo, o llamando a la libertad, la plenitud y la utilidad, o renovando la fe en el Evangelio, o estando juntos por el Evangelio, etc.

Jesús destinó a la iglesia para confiarle el ministerio de reunir y perfeccionar a los santos, y él pretendía que esto se llevara a cabo bajo la autoridad y responsabilidad que él también estableció. Cuando se extrae el trabajo de la iglesia de la estructura de la iglesia se comienza a crear un ambiente ideal para problemas peligrosos. Problemas como falsos maestros, escándalos públicos, imprecisión doctrinal y error, abusos de influencia y promoción de todos ellos, donde los involucrados son responsables y controlados por la voluntad y el capricho de una junta directiva desprovista de supervisión espiritual bíblica. Ese es el monstruo que hemos creado.

Este monstruo de marcas y plataformas, florece en un ambiente que alienta el consumismo. Lo que a menudo se promueve parece, al menos para mí, ser un pequeño paso por encima de un esquema de marketing, showbiz (mundo del espectáculo), o una extraña forma de entretenimiento. Después de todo para obtener titulares sólo necesitas el predicador correcto; o elegir el público adecuado; o incluir los adjetivos correctos, escandalosos, inagotables, radicales, extravagantes; o colocar el logo correcto; o definir la narrativa correcta y envolver todo en términos del evangelio y tendrás una receta para el éxito que es demasiado grande como para fallar. El resultado es que los medios ordinarios – la Palabra de Dios, los sacramentos y la oración- son reemplazados por un método extra-ordinario de publicidad que comienza a parecerse mucho a la auto-ambición que, aunque puede tener el objetivo correcto, surge de lo que podría ser una avaricia intolerable. Jesús no es un medio para el fin de la promoción de una marca o plataforma, él es el fin en sí. Ese es el monstruo que hemos creado.

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Este monstruo de pastores famosos florece en un ambiente que cultiva peligros espirituales para estos hombres. Hemos observado y leído con tristeza los fracasos morales y la caída de aquellos sobre los que hemos amontonado felizmente demandas, presiones, la publicidad, la exposición, las expectativas y los contratos. Sus fracasos han sido muchos, y sus fracasos- como el adulterio, culto a los estilos de liderazgo, personalidades dominantes, encubrimientos escandalosos, egoísmo, falta de consideración, falta de autocontrol, manipulación, abuso espiritual, abandono de la comunidad, conflictos familiares, error doctrinal, etc., han sido vistos por el ojo público para la vergüenza de la iglesia y la deshonra de Jesús. Si bien ellos tienen la responsabilidad de sus pecados, hay que preguntarse si la cultura que se ha creado fomenta la vanidad, produce doble moral, alimenta el orgullo y pone a los hombres en lugares altos y laderas resbaladizas de las que están propensos a caer por falta de firmeza. Ese es el monstruo que hemos creado.

Sí, lo hemos creado. A través de la participación, el patrocinio, las donaciones, la inversión de tiempo y energía, hemos creado algo que nunca deberíamos haber creado. Una cultura monstruosa de concilios, marcas y celebridades. ¿Vamos a hacer lo que Victor no pudo hacer y asumir la responsabilidad antes de que este monstruo no pueda ser contenido?

Kyle Borg es un ministro de la Iglesia Presbiteriana Reformada de América del Norte (RPCNA) y es pastor de la Iglesia Presbiteriana Reformada de Winchester en Winchester, Kan.

Traducido y publicado con permiso expreso de Kyle Borg.

Traducido: Fanny E. C. Rodríguez




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