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jueves, 6 de mayo de 2021

¿QUÉ ES EL “EVANGELIO SOCIAL” O EL “EVANGELIO DE LA JUSTICIA SOCIAL”?


Aunque hoy día usted puede encontrar buenos artículos que le explican de forma histórica y más profunda, solo deseo darle un repaso generalizado para que pueda ubicar la relevancia de este tema:

 

El “Evangelio social” es aquella interpretación de la naturaleza y funciones de la iglesia, que en su mejor caso dice: que la iglesia tiene dos funciones o misiones y esto por su naturaleza de ser sal y luz en medio del mundo, a saber, la gran comisión y el mandato de redimir una cultura para Dios. Esto es, que como insisto, en su mejor interpretación, la iglesia tiene el deber de predicar el evangelio y procurar la solución de las problemáticas sociales, o de predicar el evangelio mientras promueve buenas y justas condiciones sociales.

 

En su peor versión, si se puede decir, se trata casi de una reinterpretación de lo que es el evangelio, el evangelismo y la iglesia, no solo equiparando la labor social de la iglesia con el evangelio, sino que en la práctica sustituyéndolo. El “Evangelio social” como ha evolucionad hasta hoy en los círculos más “conservadores” tiene como madre de esta reinterpretación de la iglesia y sus funciones. Usted tendrá que ver el aporte a este “Evangelio social” más moderno desde Billy Graham, John Stott, recientemente Francis Chan, David Platt, Timothy Keller, John Piper (Keller y Piper, quienes participaron en el concilio ecuménico de Lausana), NT Wright, Rick Warren, y otros tantos de ese nivel.

 

Usted empezará a ver la diferencia entre tener una responsabilidad social como uno de los fines que en sí tiene la iglesia, y ver la mejora social como uno de los productos que vienen cuando la iglesia responde a su verdadera vocación en este mundo. Lo primero representa el “Evangelio Social”, lo segundo lo que insistimos, es la labor de la iglesia. La inmensa guerra se está dando nuevamente en otros lugares del mundo en este aspecto, mientras a Latinoamérica nos llegará las peores sobras de esa confrontación.

 

Ahora bien, si ya tenemos un problema con la interpretación de lo que es la iglesia y sus funciones, el asunto se acrecienta por no saber diferenciar lo que creyentes a nivel individual pueden y deben hacer en la medida de lo que es legitimo y que vaya de acuerdo a su profesión de fe, y lo que la iglesia, como cuerpo de Cristo y limitada en sus funciones por prerrogativa divina, puede y debe hacer. En esto debemos ser claros, y es que, a la iglesia, como iglesia, nunca se le dio la tarea de transformar o crear cultura ni redimirla, si es que eso es posible. Su único mandato bíblico para el mundo, es hacer discípulos.

 

Aunque los cristianos como individuos han de ser sal y luz en nuestro mundo lo cual puede tomar muchas formas de acuerdo al contexto y situación, pueden muy bien estar involucrados, junto con los no creyentes y dentro de los parámetros bíblicos, en asuntos de la sociedad, algunas acciones solidarias y la protección de la creación de Dios, como cuando ayudamos después de un huracán, defendemos el valor de la vida y nos oponemos al aborto y la eutanasia, cuando hacemos algo para aliviar la enfermedad del que sufre, etc., no podemos minimizar que el ejemplo del Nuevo Testamento y el precepto claro, es que los seguidores de Cristo deben discipular a la gente para Jesucristo lo cual incluye la evangelización y la formación en la obediencia.

 

Pero ¿Cuál es entonces la misión de la iglesia? ¿Es la misión de la iglesia hacer frente a todas las necesidades de todas las personas, o está más limitado en su alcance? Actualmente y en visión del “Evangelio social”, es popular comprender la misión de la iglesia como la de la evangelización, el discipulado, para satisfacer las necesidades tanto de los creyentes y no creyentes y la transformación de la sociedad. Pero cuando basamos nuestras órdenes de misión del Nuevo Testamento en vez de la cultura (sola Scriptura en vez de sola cultura), queda claro que la tarea de la Iglesia es llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, haciendo discípulos a todas las que vienen a Cristo y el cuidado de los necesitados que se convierten en parte del cuerpo de Cristo.

 

Latinoamérica debe advertir, según el ejemplo que ya se presentó en los Estados Unidos, que la iglesia, como iglesia, se movilizó a elegir al candidato que más habló del racismo, la pobreza, la inmigración, las minorías LGBTI, aun cuando promovía el aborto y la eutanasia, ridiculizando los valores históricos del cristianismo entre otras. Y esto a causa de que los mismos cristianos han malentendido la responsabilidad de la iglesia la que debe velar por intereses singulares de un aspecto particular. Cuando hoy día cristianos exhortan a la iglesia a “dejar de hablar”, a “dejar las cuatro paredes” y que se involucre en la asistencia social como parte de su función, iglesias conservadoras vemos con preocupación el aroma de este gran peligro que resultará poniendo la agenda social en la boca de la iglesia y sustituyendo o matizando el glorioso evangelio en nuestros labios. Es por ese motivo que usted hoy ve iglesias de tradición conservadora marchando, dándose la mano con católicos agnósticos y hasta ateos para promover una agenda común, haciendo pancartas y hasta apoyando causas a favor de las minorías discriminadas, sin saber que al hacerlo sin sabiduría, detrás de cada arenga, intereses diversos y ateos son apoyados. Y esto, porque permitimos que la Biblia fuer sustituida por los clamores de la agenda social, que parecen llegarnos más al fondo y confundimos dramáticamente lo que es la iglesia y para qué Dios la puso en la tierra.

 

Nota: Le aseguro que usted va a entender muchos más del panorama actual aun de los énfasis de la neoreforma y sus principios sociales y de contextualización del evangelio, si con paciencia lee el siguiente artículo:

 

https://evangelio.blog/2011/11/13/el-evangelio-social-ayer-y-hoy-1-parte/

 

Y sigue los enlaces de:

https://evangelio.blog/tag/justicia-social/

miércoles, 13 de enero de 2021

CAMBIO DRAMÁTICO EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA


La Palabra de Dios instruye con toda claridad que el papel magisterial de la iglesia de Jesucristo, está puesta sobre los hombros de varones escogidos, sea aquellos que por la gracia de Dios son útiles para la iglesia universal, como aquellos que enseñan al pueblo de Dios desde su iglesia local. Efesios 4:11-12: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo».


En la actualidad, iglesias que habían afirmado contundentemente su adhesión al entendimiento histórico que los individuos a los que Dios dota para el ministerio de la Palabra, rechazando a su vez el oficio de pastoras o maestras oficiales de una congregación, han dado un viraje, y en una maniobra de gimnasia semántica, vemos con asombro como han avalado el creciente número de mujeres instructoras para la iglesia de Jesucristo.

Claro, hoy día no se les llama pastora, aunque hayan tomado el papel y asumido sus funciones, haciendo un intrincado juego de palabras para no parecer que han usurpado el oficio de los varones escogidos, e institucionalizando un ajeno ministerio para las mujeres, que, aparte de los títulos que hoy ostentan (escritora, conferencista, líder de damas), no es sino la violación del principio Bíblico referente a qué individuos deben estar en el ministerio de la Palabra (1 Tim.2:12). Seguramente estas damas, han sabido explotar la debilidad de los pastores de sus congregaciones, y en general, la debilidad de los hombres en la iglesia de Jesucristo, para levantarse como maestras de Israel.

Hemos de recordar que cuando las mujeres toman el papel de instrucción, no solo violan el principio rector del Nuevo Testamento, sino que exhiben el juicio de Dios sobre una nación, pueblo o iglesia (Is.3:12; Jueces 4:9). Además, el silencioso apoyo por omisión o acción modesta, de quienes apoyan estos ministerios, no es menos pecado y es una muestra penosa que hoy día mujeres son pastoreada por otras mujeres, cuando no ya muchos hombres; mientras pastores en su debilidad lo permiten, porque al parecer, es mejor esto que nada.

Las iglesias de Jesucristo jamás deben pensar ser edificadas, pastoreadas, cuidadas y preparadas por el Señor desconociendo las Sagradas Escrituras. El “Ministerio magisterial” de la mujer puede parecer un fruto dulce, agradable a la vista, pero recordemos que precisamente la percepción externa de la desobediencia tentó a Eva, pues Satanás es experto en hacer parecer un acto de rebeldía como un fruto agradable (1 Timoteo 2:11-15). No podemos caer en las trampas traídas por el neocalvinismo para esta generación, que cada vez debilita la institución gloriosa del cuerpo de Jesucristo.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

CRISTIANISMO JOVIAL

 


...De bufones y payasos "cristianos"...

Extracto Tomado del Libro: El Cielo y el Infierno, Edward Donelly

Al parecer para algunos evangélicos de hoy en día, el error cardinal es el pesimismo y su temor más grande es parecer pesimista. El distintivo predominante de gran parte de la publicidad de la iglesia es que el cristianismo es muy divertido. En muchas iglesias, la atmosfera que prevalece es de una jovialidad obligatoria, frenética más bien.

 

Quienquiera que presida las reuniones tendrá un esmerado sentido del humor, demostrando ser un experto en “preparar” a la audiencia (no ya una congregación). Los testimonios cristianos son incansablemente optimistas y están interrumpidos por carcajadas. Quienes nos dan la bienvenida en la puerta siguen sonriendo tan abiertamente que estamos tentados a concluir que acaban de ponerse fundas en los dientes o que están practicando ventriloquía […] Pero tal cosa, parecen creer, es una parte esencial del testimonio cristiano.

 

Sin embargo, a Señor Jesucristo no se le describe en los evangelios como una figura jovial y risueña. El mismo dijo: «Bienaventurados los que lloran» (Mt.5:4). Isaías lo describe como un «Varón de dolores experimentado en quebranto» (Is.53:3). ¿Deberíamos, pues, imitar a nuestros contemporáneos o a nuestro Maestro? ¿Deberíamos ser más serios que joviales?

 

Debemos serlo mientras haya un infierno en espera de nuevos inquilinos. ¿Cómo podemos ir por la vida riéndonos con una risa tonta mientras millones de personas a nuestro alrededor van camino a la condenación? Si estuviera haciendo estragos una plaga con cadáveres por todos lados, ¿qué pensarías de las personas que sortearan alegremente los cuerpos, riéndose porque han encontrado una cura para sí mismos? El salmista se afligía por el pecado que lo rodeaba; al declarar a Dios que: «Ríos de aguas descendieron de mis ojos porque no guardaban tu ley» (Sal.119:136).

 

Esto no quiere decir que los creyentes tengan que ser hoscos. Nosotros experimentamos un gozo inefable y glorioso (1 Pd.1:8). Nos regocijamos aun más. Nos divertimos, reímos, jugamos, disfrutamos al máximo las buenas dadivas de Dios. Pero hay una diferencia entre felicidad y frivolidad. La conciencia del infierno debería producir en nosotros una seriedad subyacente, una gravedad, un realismo en medio de los perdidos y de los que están muriendo.

 

Por este motivo en particular, estamos tratando con verdades tan aterradoras como la muerte, el juicio y la condenación eterna. Hay un lugar para el humor, pero no es este. Aquí, más que en ningún otro lugar, el bufón cristiano es una abominación, y, sin embargo, estas realidades se tratan chistosamente y algunas veces lo hacen personas sorprendentes.

 

[…] Los inconversos quizás nos llamen pesimistas. Quizás consideren que nuestras reuniones están pasadas de moda y son aburridas, sin la chispa de los distinguidos comediantes eclesiásticos, consideran que estas son inaguantables, pero cuando tengan problemas, cuando estén en una verdadera crisis, ¿Se volverán a los payasos? ¿Buscaran a alguien que les cuente historietas y que les haga reír? Una y otra vez vemos que las personas que tienen necesidad se acercan instintivamente a quienes son serios, a los que van en serio, a los que tiene contacto con la vida real. Perciben a una persona de toda confianza, perciben una capacidad para ayudar a un nivel profundo.

 

A la larga, el bufón tiene menos impacto que el hombre o la mujer con lágrimas de compasión. Quienes una vez se burlaron de nosotros, quizás lleguen a descubrir que, «mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios» (Ec.7:5). Seamos serios, estemos atentos, pues vivimos en un mundo donde muchos de nuestros semejantes se están perdiendo.

sábado, 31 de octubre de 2020

TRES CONCEPTOS ECLESIOLÓGICOS A RECTIFICAR EN LOS TIEMPOS DE PANDEMIA


Uno de los textos más singulares que podemos encontrar y que nos evidencian el sumo cuidado con el que los creyentes deberíamos andar en el contexto de la iglesia es 1 Timoteo 3:15: «para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad». Este maravilloso texto nos indica que la Iglesia tiene un Dueño, es la casa del único Dios que existe y vive. Además, que esta iglesia del Dios vivo, es la estructura singular, única y central en los propósitos de Dios encargada de recibir, asimilar, retener, salvaguardar, expresar y anunciar la verdad, verdad que nos fue dada como un depósito y que por le Espíritu Santo hemos de celar (2 Tim.2:13-14). Entonces, la iglesia no es nuestra, nosotros los creyentes solo participamos como convidados por gracia pero no participamos de la estructura de gobierno de ella.

La pureza de las iglesias está íntimamente ligada al hecho de ser fieles “al modelo que les ha sido mostrado” en el monte de la palabra de Dios, y su impureza, en cambio, está relacionada con la edificación de ella con los materiales de la prudencia humana, la sabiduría de los hombres, de las conveniencias y hasta del pragmatismo. Si esto se ha hecho evidente es, en efecto, en los días de la llamada pandemia, donde las iglesias en su intento de estar a la altura de las demandas actuales, han echado a andar varias estrategias pragmáticas con serios vacíos Escriturales, cuando no, modificando doctrinas, redefiniendo términos, corrigiendo y acomodando, por medio de la semántica, conceptos inalienables de lo que es una iglesia y sus tareas específicas en los propósitos divinos. Recordemos que la iglesia al ser «del Dios viviente», nos impide que hagamos de ella y con ella lo que bien nos parece, aun cuando nazca de la buena intención.

En las variadas maneras en las que las iglesias han intentado estabilizar la braca en estos tiempos dificultosos, han empezado a relucir algunos conceptos que si bien, algún grado de verdad llevan, y sin duda, muy buenas intenciones, se quedan cortas en expresar de manera bíblica la doctrina de la iglesia, cuando no, conllevan una contradicción de lo que ella es, insistimos, en términos bíblicos. Déjeme plantearle las tres que vemos más peligrosas: “Las iglesias no han cerrado porque la iglesia somos nosotros”, “Ahora Dios tiene una iglesia en cada familia”, “Cultos online”. Empecemos:

 

“LAS IGLESIAS NO HAN CERRADO 

PORQUE LA IGLESIA SOMOS NOSOTROS”

Si hay algo que reconocer en esta frase, es el intento de resaltar que la estructura de la iglesia supera el hecho de estar reunidos. La iglesia en su aspecto invisible y/o universal implica que existe fuera de las estructuras locales aunque se expresa en ellas, de manera que la iglesia de Cristo sigue existiendo aun por fuera de sus reuniones. Esto pone sobra la conciencia de los creyentes una solemne responsabilidad de andar siempre de acuerdo a la iglesia, de actuar en nombre de la iglesia y de trabajar por su conformación, aun cuando ella no esté reunida.

Sin embargo, esta frase yerra en desconocer que la iglesia, que en su aspecto universal es invisible, también tiene un aspecto local que es visible. Así lo entendieron los redactores de nuestra Confesión de fe al tratar la invisibilidad de la iglesia en su aspecto universal y su visibilidad en su aspecto local. El punto es que las iglesias locales, que son la representación concreta de la iglesia universal, requieren de sus reuniones presenciales, es más, iglesias locales que no se reúnen semanalmente como algo continuo son una realidad bastante extraña, como hemos señalado, tal como una asamblea que no se reúne, una reunión que no se junta y cosas así. El concepto mismo de iglesia local, donde hay miembros visibles y donde la adoración goza de ser corporativa, es un asunto que no podemos sacrificar a nombre de la pandemia. Las expresiones de 1 Corintios 11:17-18: «porque no os congregáis para lo mejor […] cuando os reunís como iglesia», dan por sentado que la iglesia se reúne, se congrega, que hay asuntos que como creyentes individuales pueden hacer en casa, pero que no aplican cuando «toda la iglesia se reúne en un solo lugar» (1 Cor.14:23).

Esta expresión “Las iglesias no han cerrado porque la iglesia somos nosotros”, parece confundir lo que es la iglesia con lo que son los edificios de reunión, o al menos es ambigua en distinguirlos. Por supuesto que un edificio cerrado no implica una iglesia sin funcionamiento, pero una iglesia sin congregarse sí implica una cesación de una de sus tareas fundamentales y que la Palabra de Dios da por hecho. No puede ser que las “santas convocaciones” del Antiguo Pacto gocen de mayor precisión que las del Nuevo. De hecho, es todo lo contrario, pues sabemos que la vida cristiana se desarrollaba en una fuerte dinámica de congregarse como puede confirmar en Hechos 2:42 y 46; 11:26; 15:30; 1 Corintios 14:34-35; Hebreos 10:25; Santiago 2:2, que haría bien en repasar.

Además, esta expresión ambigua, señala que la iglesia somos cada uno de nosotros en particular, asunto que la Biblia no señala jamás. Más bien, la precisión bíblica es tal que afirma que los creyentes somos, en los términos de 1 Corintios 12:27: «el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular». Como notará, un asunto distinto es ser miembros de la iglesia, aun cuando esta no esté reunida, y ser cada uno en particular la iglesia, concepto que no es preciso bíblicamente hablando. Estas expresiones solidarias, que se usan coloquialmente para exacerbar el ánimo patriótico, no aplican a la iglesia en su expresión visible. Fuera de las reuniones seguimos perteneciendo a la iglesia, seguimos siendo miembros, pero decir que cada miembro es la iglesia por aparte es el equivalente a decir que un solo jugador es el equipo, que un solo soldado es el batallón. La iglesia en su realidad visible para oficios de culto lo es solo cuando están “asambleadas”, “sinagogadas” (La palabra original de Mt.18:20), es decir cuando nos reunimos como tal.

Hay templos cerrados, lo que no indica que el cristianismo ha desparecido, pero hay iglesias que sí han cesado o “cerrado” su ministerio al sustituirlo por los medios virtuales, iglesias no congregadas, iglesia no asambleadas o sinagogadas. Mientras no se reúnan como iglesia, en su realidad visible y presencial, convocadas en nombre de Cristo para culto público, no se puede hablar estrictamente de “ser iglesia”. Para el bien y la restauración de lo que se ha perdido en estos tiempos de pandemia, es mejor reconocer los vacíos teológicos en eclesiología y no sugerir que la iglesia es una estructura moldeable como la plastilina según las demandas que se presenten. Si bien, las iglesias debemos ser dinámicas, no significa que podamos moldear la iglesia y acomodarla pragmáticamente para que ella sea lo que nosotros queremos que ella sea en determinado momento. La iglesia es Casa de Dios y en casa que es propiedad de otro, no imponemos nuestro criterio.

Las iglesias bíblicas siempre deberíamos reformarnos de acuerdo a la Palabra de Dios. Estos tiempos de epidemia nos conceden un buen momento para reconocer las fisuras, para el arrepentimiento y la reforma en aquello en lo que aun somos deficientes. Pero se requerirá claridad bíblica y no ambigüedad pragmática, las grandes reformas se han dado sobre un fundamento sólido y profundo de Sola Escritura, así que al precisar las doctrinas y prácticas no perdemos jamás, sino que ganamos conformidad. Que Dios nos ayude.

 

“AHORA DIOS TIENE UNA IGLESIA EN CADA FAMILIA”

En el lenguaje cristiano se emplean algunas expresiones que han dejado su uso técnico y preciso para llegar a ser parte del coloquialismo evangélico. La palabra adoración es una de ellas que muchas veces no comunica su significado prístino. Si bien, de manera amplia e informal adoración puede ser vista como todo aquello que hacemos para Dios, ya no se hace honor a su significado ni se hace distinción entre la adoración en general y la adoración religiosa propiamente dicha. Esto para distinguir el ámbito más extenso de servir al Señor con todo nuestro ser haciendo todas las cosas para Su gloria, y el servir a Dios especial y específicamente, en invocarle de manera singular como pueblo de Dios. De la mano, esta falta de distinción ha traído la equiparación de principios y promesas, sin las respectivas distinciones de sus objetivos previstos, es decir, que los creyentes suelen tomar los principios o promesas bíblicas y las aplican, sin ninguna distinción ni cuidado a los contextos que las generaron aplicándolas como bien les parece, olvidando que existen principios específicos que se aplican en contextos específicos.

Lo que estamos señalando bien puede verse en uno de esos textos bastante conocidos y usados para invocar la compañía divina. Es Mateo 18:20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La lógica a seguir es fácil: Dios es omnipresente, hay unas pocas personas que invocan su nombre, Dios está en medio de ellas. Sin duda que cada una de las cláusulas de esta preposición es cierta, salvo que el contexto de este pasaje no está exponiendo el caso de la omnipresencia divina, ni está señalando cualquier tipo de reunión de creyentes, y la presencia de Cristo prometida allí no es de cualquier índole. La intención del Espíritu Santo, a la luz de su contexto, no era engrandecer cualquier tipo de reunión entre creyentes, sino darnos un principio singular de los recursos divinos para los creyentes bajo Cristo reunidos de manera oficial.

Asuntos como estos, y sobre todo, esa idea subyacente en la mente de muchos cristianos, ha hecho que en épocas de pandemia se haya buscado un aliciente para justificar las reuniones familiares viendo una transmisión como si fueran cultos al Señor, y atribuyéndoles el mismo valor. Quizás elevando los principios generales que deben regir toda la adoración a Dios, al nivel de la adoración regulada de la iglesia en sus cultos públicos. Muchas personas han tratado de equilibrar el sentido de perdida de no tener su iglesia reunida afirmando que, ya que la iglesia no se puede reunir para culto formalmente hablando, el pueblo de Dios resultó ganando y propinándole un duro golpe a Satanás, porque ahora hay una iglesia con cada familia. Es decir, que si bien, una iglesia reunida es lo ideal, en otro sentido, no hay nada distinto entre la iglesia reunida y una familia que se reúne para adorar al Señor, al final son dos formas legítimas de ser iglesia. Parece que si se siguen las actividades que también se siguen en los cultos de la iglesia, o si se sigue el espíritu de lo que es la iglesia reunida, no hay nada esencialmente distinto, solo es cuestión de forma y oportunidad.

Las implicaciones son muchas y muy negativas. Este concepto de “hacer iglesia” en cualquier contexto, se ha visto expresada en prácticas bien cuestionables, despojando a los cultos de adoración, al día del Señor, a las ordenanzas del Nuevo Pacto, de su carácter oficial y distintivo. Las transmisiones online, han creado una atmosfera distractora, pues en un sentido, llegan a crear una impresión de presencialidad, donde se concluye que es prácticamente igual estar que virtualmente estar. Son este tipo de asuntos con los que hoy se debe lidiar y con el que muchas congregaciones tendrán un lazo que ya les impedirá actuar como una iglesia de Cristo de aquí en adelante.

El Capítulo 22 de la Confesión de fe y su párrafo 6 dice: 

“Ahora, bajo el evangelio, ni la oración ni ninguna otra parte de la adoración religiosa están limitadas a un lugar, ni son más aceptables por el lugar en que se realizan, o hacia la dirección que se dirigen; sino que Dios ha de ser adorado en todas partes en espíritu y en verdad; tanto en cada familia en particular diariamente, como cada uno en secreto por sí solo; así como de una manera más solemne en las reuniones públicas, las cuales no han de descuidarse ni abandonarse voluntariamente o por negligencia, cuando Dios por su Palabra o providencia nos llama a ellas".

Comentando este párrafo el teólogo Waldron afirma: 

“Algunas cosas deben alertarnos en contra de una suposición demasiado fácil de que este párrafo aplica el principio regulativo de igual manera a la familia y a la adoración en secreto […] el enfoque de la aclaración precisa en [La Confesión de fe en] 1:6 acerca de la adoración de la iglesia debería alertarnos de concluir con demasiada prontitud que los puritanos tenían en mente que el principio regulativo se aplicara de igual manera a la adoración doméstica y personal. Finalmente, incluso suponiendo que este pudiera haber sido el caso, creo que hubiera sido visto como una oscuridad restante en su declaración, la cual podía ser disipada con clarificación sin afectar la sustancia de sus puntos de vista.

[…] Me parece que una de las mayores piedras de tropiezo intelectuales que obstaculiza que los hombres abracen el principio regulador es que este presupone la idea de que la iglesia y su adoración están ordenadas y reguladas de un modo diferente al resto de la vida. Para el resto de la vida, Dios da a los hombres grandes preceptos y principios generales de Su Palabra, y dentro de los límites de estas instrucciones, les permite ordenar sus vidas como a ellos mejor les parezca […] Claramente presupone que hay una distinción entre la manera en la que la iglesia y su adoración ha de ser ordenada y la manera en que el resto de la sociedad humana y la conducta ha de ser ordenada […] Esta distinción entre la iglesia y el resto de la vida que estoy sugiriendo significa que la sola scriptura tiene una aplicación diferente para la iglesia de la que tiene para el resto de la vida.

[…] Esa realidad eclesiástica única es que la iglesia es el lugar de la presencia especial de Dios y es, por tanto, la casa o el templo de Dios —y como tal, es santa en una manera distinta en la que el resto de la vida no lo es. Una vez que entendemos la cercanía peculiar de la iglesia a Dios, y la santidad especial de la iglesia en comparación con el resto de la sociedad humana, no estaremos sorprendidos por el hecho de que la primera esté especialmente regulada por Dios […] El carácter especial de la iglesia de Dios como el lugar de Su presencia especial es presentado en Mateo 18:15-20 […] La promesa del versículo 20 viene unida a una muy clara condición o limitación: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La limitación establecida que se encuentra en estas palabras es la iglesia local en asamblea, la reunión formal o pública del pueblo de Dios […] No es, por lo tanto, cualquier reunión de hombres, o incluso cualquier reunión de cristianos la que cumple con la condición especificada de esta promesa, sino el reunirse en el nombre de Cristo. Esta frase hace referencia a la reunión del pueblo de Cristo en su carácter oficial como Su iglesia y bajo Su autoridad.

[…] Ahora, permítame enunciar la clara significación de esto. Aunque Dios está presente en todo lugar en el mundo y en la sociedad humana, aun así, esta promesa debe significar que Él está presente en una manera especial con Su iglesia. La iglesia reunida es un lugar santo, es el templo de Dios (1 Cor.3:16), es la posesión especial de Dios con una relación peculiar para con Dios. De todas las altas, solemnes y ennoblecedoras realidades que rodean la adoración evangélica, la mayor —y por tanto la que determina, es la realidad de que Dios está presente en Su santidad y gracia”. (Waldron, El principio Regulativo, Cahpel Library. Pags.11-16).

 

Las reuniones oficiales de la iglesia para sus cultos públicos son irremplazables, son singulares y son el contexto de la presencia especial de Cristo. Por lo tanto, hablar de muchas iglesias con cada familia que presencia una transmisión online, y pensar que es el buen reemplazo temporal de las reuniones de la iglesia, es un concepto pragmático, sentimental, más no bíblico. El Señor estableció que las iglesias locales tienen el solemne deber de reunirse (“reuniones públicas, las cuales no han de descuidarse ni abandonarse voluntariamente o por negligencia”), tiene el deber de hacerlo cada día del Señor (“cuando Dios por su Palabra… nos llama a ellas”), y cuando en ocasiones providenciales la iglesia sea convocada para este ejercicio público.

 

Así entendido, tenemos que señalar que, al contrario de las banderas triunfantes que muchos quieren ver con la virtualidad en épocas de pandemia, la iglesia no ha ganado al no tener iglesias reunidas para culto público, iglesias se han abstraído de la manifestación de la presencia especial de Cristo al haber omitido sus reuniones públicas, y de sus bendiciones adjuntas. La cesación de los cultos de adoración, ha venido a ser la rendición de uno de sus propósitos más solemnes sobre la tierra, a saber, la adoración a Dios desde cada uno de los candeleros por Él sembrados. La vida privada, familiar y personal de la fe, ha sustituido en la mayoría de los casos, los cultos públicos al Señor, y al parecer, mientras permanezca el virus, esta será la realidad permanente de la iglesia, para su debilitamiento sistemático.

 

Por supuesto que el desafío a la sabiduría divina tendrá consecuencias, y suponemos que los creyentes sensibles que se niegan a usar los mismos principios de la “nueva normalidad” en su vida de iglesia, ponderarán si este es el escenario en el que desean permanecer.  Al fin, la iglesia es la Casa de Dios, y el modelo ya fue revelado, sin ninguna cláusula de excepciones permanentes para los creyentes que pertenecemos a ella, ni para establecer nuevos significados, definiciones y doctrinas, ni para establecer nuevas prácticas santificándolas con el espíritu de esta época.

 

“CULTOS ONLINE”

Los medios virtuales han puesto serios desafíos para creyentes e iglesias en la actualidad. Estos recursos crecientes puestos al servicio del avance del evangelio, son en sí un arma de doble filo. Frente a ellos, vemos la gran capacidad que tiene de llegar donde la presencialidad no puede, de ofrecer un sinnúmero de conocimiento que quedaba sin acceso a la gente del común, que si existe una época sin precedentes donde hay facilidad de acceder a recursos para edificar nuestra vida cristiana es este. En mayor o menor grado iglesias han adoptado lo que estos medios ofrecen y que bien aprovechados son una gran ayuda. Que el medio sea nuevo, no significa que tomar medios masivos para la propagación del evangelio lo sea. Antes el medio escrito luego de la imprenta, los medios radiales y audiovisuales, han puesto el mismo desafío a las iglesias que los han visto nacer a su lado.

Pero como advertimos, el otro filo es la utilización indiscriminada de dichos medios, y el avance progresivo hacia la desnaturalización de los medios establecidos por Dios, tal y como el mismo Señor los ha señalado. El peligro de la descentralización de la iglesia tal y como ella es considerada en los propósitos de Dios y varios conceptos y prácticas bíblicas que hacen parte de la iglesia no pueden modificarse sin cambiar en sí su esencia y la de la iglesia. Los peligros deben ser advertidos, dimensionados y evitados. La virtualidad de hoy ha arrojado a muchos creyentes a cambiar su forma de ver la iglesia y a formar su teología y práctica tomando un poco de aquí, un poco de allá, todo y nada a la vez. La mezcolanza ha crecido a tal grado que se aprecia una especie de ecumenismo en línea sin precedentes del que los creyentes beben sin cuidado. Los creyentes expuestos a las redes de forma indiscriminada y sin una guía pastoral bíblica, cada vez se alejan de la unidad de la fe y de la procura de ser uno con la iglesia, pues la avalancha de información a la que están expuestos, es interminable e incontrolable.

Pero a diferencia de los otros medios que ya teníamos, es muy obvio que el internet ha provisto una especie de presencialidad llamada virtualidad. Entiéndase algo virtual, como lo definen los diccionarios, es algo que está en oposición a algo efectivo o real, que llega a tener existencia aparente y no real. Así, hay amigos virtuales, clases virtuales, visitas virtuales, reuniones virtuales y demás, asuntos a los que nos estamos acostumbrándonos a vivir. El mundo en esto es pragmático y en muchos contextos nada debe ser dramático. Pero en los asuntos de la iglesia, donde reunirse o congregarse  y perseverar en comunión hacen parte de su esencia, donde existen realidades insustituibles en medio, la virtualidad es solo un espejismo. Si bien, hay provecho en la Palabra predicada por estos medios, y en algo suplen la distancia, la despersonalización de la vida de la iglesia es un problema de grande envergadura. Sermones impersonales, comunión impersonal, fragmentación, individualismo, lejanía de las ordenanzas, entre otras cosas, hacen parte del paquete completo al aceptar la virtualidad como sustituto de la iglesia reunida.

Somos conscientes que la palabra ‘culto’ puede tener un significado popular que se puede aplicar para la adoración a Dios. Por ejemplo, es esta la manera en que se entiende el culto familiar, esto es, la búsqueda y adoración a Dios de manera familiar. Pero cuando hablamos del significado restringido y litúrgico de este término, de la convocación de la iglesia para la adoración congregacional, entiéndase pública, la virtualidad no existe. O es una convocación del pueblo de Dios en su carácter oficial bajo Cristo para la adoración formal, o estamos hablando de la búsqueda personal y privada de Dios. Y en esto, la iglesia debe ser cuidadosa, porque los elementos del culto público y oficial exigen presencialidad. «Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza» le encargó Pablo a Timoteo (1 Tim.4:13), donde se refiere a su lectura pública y litúrgica, así como los demás ejercicios que se le ordena. «Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales» (Ef.5:19), no puede ser sustituido por un canto donde el “entre vosotros” sea un mero hablar, sea un “entre vosotros” virtual, insistimos, si de un culto oficial se refiere. La Cena del Señor tiene el antecedente de “cuando, pues, os reunís” (1 Cor.11), de modo que no puede llevarse a cabo en la fragmentación del pueblo sino en su expresa unión.

En harás de claridad, esperamos que esto no se lleve a un extremo innecesario de arrojar lo útil junto con el mal entendimiento. No estamos afirmando que la virtualidad no sirva de nada, pero de seguro, su provecho es el particular, el privado, siendo este el contexto donde ha de ubicarse. La virtualidad, así se sigan los elementos del culto, no es adoración publica, es adoración privada. Esta no goza de las promesas de la presencia especial de Cristo cuando se reúnen de manera oficial y bajo su nombre, aunque llegue a ser provechosa para suplir alguna dificultad de distancia y oportunidad. Sabemos que aun antes de la pandemia iglesias transmitían sus cultos. Quizás, y sin caer en un juego semántico, es distinto hablar de un culto online (lo que hemos insistido que no es posible), que la transmisión online de un culto ¿Nota la diferencia? Lo uno implica que el culto es hecho de manera virtual (lo incorrecto), lo otro señala hacia un culto presencial que se está realizando en algún lugar, pero que también se retransmite para otros, quienes lo aprovecharán privadamente, y es en lo que iglesias deben meditar hasta donde dejan llegar la transmisión de sus cultos presenciales para apartarse del peligro de tomar la virtualidad como “otra manera” de ser iglesia.

Ningún creyente puede huir de la esencialidad de las iglesias reunidas para sus varios propósitos (Hch.11:26; 15:30; 1 Cor.11:17; 14:34-35; Hb.2:12; 10:25; St.2:2). Solo una generación que está perdiendo la noción de lo que la Palabra de Dios enseña acerca de la iglesia, la adoración a Dios y su regulación singular, no verá ni peligro ni problema en continuar su virtualidad en la epidemia, animando a sus congregantes a imponer el nuevas prácticas y lineamientos en una casa que no es nuestra, pues es la casa del Dios viviente.  Mediante la acomodación y redefinición, de “los elementos que Dios mismo nos ha designado a la adoración, la sabiduría de Cristo y la suficiencia de las Escrituras son puestas en tela de juicio […] Con toda nuestra debilidad, pecado e insensatez, ¿nos dejará Cristo sin una guía adecuada para el asunto más importante que es la adoración?” (Waldron). Que las iglesia volvamos al modelo que traspapelamos por el temor de estos días y no expugnemos de ninguna manera la sabiduría divina con la que el Pastor Jesucristo edifica su iglesia.

  

martes, 13 de octubre de 2020

CAMBIO DE PARADIGMAS

- Desde la misma iglesia en la epidemia-

Literalmente la un paradigma es algo que sirve como modelo o ejemplo alrededor del cual varios elementos se estructuran. Hemos visto en corto tiempo como los paradigmas morales, por ejemplo, han cambiado, lo que ha resultado en nuevas maneras de concebir lo correcto o incorrecto. Paradigmas nuevos en cuanto a la familia ya no nos permiten hablar de “la familia tradicional”, sino de sinnúmero de maneras de ser familia. Estos paradigmas no cambian de un día para otro; para darles un viraje se tienen que emplear estrategias masivas, con técnicas de “goteo continuo”, con el fin de implementar una nueva visión de algo que tradicionalmente se había visto de otra manera.

 

La avalancha de información, el bombardeo de avisos, la andanada de advertencias, el goteo permanente de opiniones, la insistencia continua de mensajes, ciertamente están cambiando los paradigmas de lo que es la realidad, es obvio; la idea común de hoy, impulsada de manera masiva, es que vivamos bajo una “nueva realidad o normalidad”. Pasando por alto este infeliz concepto de  que la realidad la definimos nosotros como algo subjetivo, señalo hacia la intencionalidad con la que el mundo de hoy, por todos los medios posibles, procura que el ser humano asimile, acepte y viva según las normas dictadas a causa del virus actual, al menos esa es la excusa de hoy. Esto de ninguna manera es novedoso, raro o  inquietante: es el mundo, son sus estructuras, son sus intereses y agendas en las que somos encausados querámoslo o no.

 

El punto lamentable a resaltar es que la iglesia, que tiene el solemne llamado de parte de Dios a: «No [conformarse] a este siglo, sino [transformarse] por medio de la renovación de [su] entendimiento, para que [compruebe] cuál [es] la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Rom.12:2), se ha aunado a la definición y procura de la “nueva realidad” eclesial, desde su práctica, pero desde su teología. Esperamos de la iglesia que tiene un fundamento único desde su fundación, a saber, la Palabra inmutable de Dios, no cambie sus principios por los que en cada oleada de cambios de paradigmas se ponen vigentes, sin embargo, eso es exactamente lo que ha empezado a ocurrir. Definiciones, practicas, doctrinas, hoy día están siendo redefinidas desde el pulpito (virtual) de las iglesias, afianzadas con el lenguaje de los hechos y refrendada por las continuas omisiones de una iglesia débil y frágil: “la iglesia del pandemia”, que ha tomado los nuevos paradigmas planteados por la voz de las autoridades humanas como su biblia práctica, para matizar lo que debe ser y hacer una iglesia, la iglesia de Jesucristo.

 

Si hoy se escribiera la historia de la Iglesia bajo los principios de la “nueva normalidad”, si hoy se escribieran los “Hechos de la iglesia actual”, tal y como aparece en la Biblia el libro canónico, ¿Cómo se describiría la vida de ella? Tenemos algunos textos demasiado relevantes, muy prominentes, que definieron históricamente la expresión de lo que es el modelo de la iglesia y sus prácticas inalienables, que antes fueron el paradigma, la norma, el modelo, pero que hoy se han cambiado en poco tiempo. Lamentamos que Hechos 2:42 no defina lo que es la iglesia actual: «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones». Quizás lo más acertado que se podría especular de “la iglesia de la pandemia”, es su “perseverancia en las predicaciones impersonales, en las conexiones unos con otros, suspirando por el pan de la Cena y en oraciones virtuales”.

 

Esta iglesia medrosa cada vez más se aleja del modelo o ejemplo que nos fue dado por inspiración divina, de una iglesia de la cual se decía en Hechos 2:43-47: «Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno», donde a lo sumo hoy se podría decir que: “Y sobrevino el temor a toda persona (por el virus) y muchas cosas buenas eran dichas (no hechas) por sus líderes, y que todos los que habían creído estaban dispersos y tenían como común las prevenciones y miedos, y acapararon sus bienes para el bien de cada uno en esa crisis económica que les azotó”.

 

Lejos está la indestronable descripción de: «Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos», pues la iglesia bajo la “nueva realidad” es una de la que se va a recordar como que solo “perseveraban de vez en cuando conectados, lejos de sus templos, evitando el visitarse, comiendo cada uno en su casa, con ansiedad y miedo de corazón…y eran añadidos a los Fan Pages del Facebook de cada iglesia, cada semana, los que se mostraban interesados en el “evangelio virtual”.

 

Hemos corrido ahora tan lejos del modelo, que lo que en un momento se dio por cierto en cuanto a las reuniones presenciales (redundancia), basados en textos tan obvios con los que pastores e iglesia animaban a los profesantes, ahora no son atendidos. Hebreos 10:23-24 que nos había proveído la estructura, no solo para las reuniones presenciales sino que las situó como uno de los beneficios de la libertad en la sangre de Cristo y una de nuestras solemnes responsabilidades ante el día final, al decir: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca», ahora ha sido ridiculizada por el nuevo paradigma de: “Considérense unos a otro para compartirse los enlaces, no dejando de conectarse como algunos tienen por costumbre, tanto más cuando ven que la pandemia se alarga”.

 

¿Qué decir del nuevo paradigma del Día del Señor? ¿Qué decir de los cultos de adoración regulados y de los elementos irreducibles que componen un culto al Señor? Es increíble notar cómo bajo los nuevos paradigmas de la “nueva realidad”, los creyentes están dispuestos a vivir en una hipocresía práctica, pues los cuidados, prevenciones, temores que pueden y deben manejar para mantenerse en su vida familiar, laboral y de esparcimiento, son ajustados al máximo y puestos en todo su rigor, solo el día del Señor, solo en asuntos de iglesia. Por supuesto que la “nueva normalidad” no contempla la adoración a Dios como Él la reguló. Hoy la “normalidad” de muchas ex-congregaciones diría: “acuérdate del día del reposo para acomodarlo, seis días te expondrás, tú, tu familia y hasta tus empleados, a todo contexto y criatura para hacer tu obra, pero el día del Señor, justamente ese día, te acordarás de activar todos los protocolos y cuidados para la salud y serás en gran manea prudente,  recordando todo tipo de exigencia y medidas, por lo que no te congregarás, hasta que pase el día del Señor cuando vuelvas a tu obra y puedas hacer tu propia obra sin dejar de cuidar tu salud, porque lo que no se puede en la iglesia sí se puede en los demás contextos”.

 

La nueva realidad no contempla asuntos esenciales de la iglesia como el canto congregacional, la Cena del Señor, ni las expresiones de afecto y comunión, el paradigma es el de un creyente egoísta, solitario, privado, aislado, blindado, cantando con gracia “solo” en su corazón, en el contexto de un día del Señor desdibujado, en el ambiente máximo de su familia, porque en estos cambios de paradigmas a alguien se le ocurrió uno de los atropellos más grandes nunca jamás vistos, de “una iglesia en cada familia”; sí, hasta allá hemos llegado, a considerar que cada miembro tiene en su familia una iglesia, y que la final salimos ganando porque ahora “hay más iglesias”. ¿Puede dimensionar el daño irreparable que estos cambios de definiciones, teología, costumbres pueden llegar a hacer? Y todo esto porque la iglesia de la “nueva normalidad” ha cambiado el paradigma de lo que es ser una iglesia, la cual en otrora, fue definida como «la casa de Dios viviente, columna y baluarte de la verdad», la que era su tesoro, su depósito a cuidar (1 Tim.3:15), para ahora convertirse en columna y baluarte de la salud, don de dones, patrimonio de patrimonios, depósito de depósitos a guardar al precio que sea, aun al precio de desdibujar el modelo de iglesia neo testamentaria.

 

Y es que si esto ya no fuera suficiente, esta iglesia que jamás sería encomiada por practicar su fe sino por acomodarla, le ha comunicado a sus propios miembros y al mundo, bajo estos nuevos paradigmas de la “nueva realidad”, que sobre todo, “es necesario desobedecer a Dios antes que a los hombres”. Y si esta descripción somera le suena completamente ridícula y exagerada, es porque al estar tan encerrado en su virtualidad no se ha percatado del extenso terreno cedido en esta batalla por la verdad y por el reino de Dios. Si mira sin prevención este artículo, este solo ha descrito un buen número de iglesia hoy, esta es “su nueva normalidad”. Entonces, le ruego no molestarse con el espejo que revela la condición, sino con la condición misma de la iglesia, aun si la iglesia descrita es la suya.

jueves, 28 de mayo de 2020

LA DESTRUCCIÓN TEOLÓGICA DE HOY, VÍA INTERNET


Por Jorge E. Castañeda D

Ciertamente la “democratización” y la masificación de la información ha traído innumerables beneficios que antes no teníamos. Hoy día, cada individuo puede hacer parte de toda una cadena de información, cuando no, es el autor de dicha cadena. Esto ha servido por supuesto para esparcir información verídica y ha traído también las ‘Fake News’, o noticias falsas o imprecisas. Es el mundo de hoy y ya no podemos afirmar que si está escrito, es que debe ser cierto.

En el mundo cristiano y reformado ha pasado exactamente igual, y aunque quisiéramos que, al tener un solo Tomo de base para nuestras opiniones y conclusiones, cada vez coincidiéramos más entre los hijos de Dios, lamentablemente estamos viendo la segregación del cristianismo, la dispersión del pensamiento de la iglesia, la desunificación de lo que aparentemente teníamos en común doctrinalmente, y esto gracias a que los individuos, al verse inmersos en tanta información, y al concederle crédito a todo lo que se rotula como cristiano, histórico o reformado, se han vuelto sus propios teólogos y pastores, aportando, lamentablemente, más a la desinformación bíblica que a su aprendizaje correcto, lejos de los básicos parámetros de interpretación bíblica piadosa.

El asunto es peculiar, toda vez que usted ve cómo los creyentes hoy forman su teología y práctica. Un poco de allí, un poco de allá, todo y nada a la vez. Paginas abundan que reclaman respetar la herencia cristiana, pero lamentablemente cooperan más con la desinformación y la imprecisión doctrinal. La mezcolanza es a tal grado que se aprecia una especie de ecumenismo online sin precedentes, donde el carismático cuidadoso, el cantante pop reformado, el teólogo liberal, el arminiano, el molinista, el reconstruccionista y una que otra secta, aportan para la cosmovisión del cristiano de hoy que se contenta con ver la fotografía del hombre del pasado que le es familiar. Los creyentes expuestos a las redes de forma indiscriminada, construyen su teología sistemática de las frases preferidas de quienes quieren citar, y omiten, por supuesto, lo que no desean que entre a ella. Así, miles de cristianos hoy se reunirán con sus iglesias a adorar y a trabajar para la extensión del evangelio, pero ¿Bajo qué unidad? ¿Bajo qué mente? ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?

Al final, es el individuo, a monto personal, particular y muy subjetivo, el que está al mando de construir su propia teología, arbitrariamente, convenientemente, aisladamente. Es fácil hacerlo y se hace dese casa, solo hay que pasar un tiempo en internet para sacar la frase del teólogo que hoy me conviene, frase descontextualizada generalmente, aunque mañana tenga que silenciarlo si no me conviene otra frase suya. La gente hoy aprende de los modelos de internet, de las grandes plataformas que han menoscabado la palabra de Dios para esta generación, adoptan el pragmatismo, modelos y metas mundanas, la adoración mundana, el menosprecio por sus iglesias y pastores locales, se pastorean ellos mismos a través de sus clips favoritos, y vuelven a su iglesia a mostrar su inconformismo por aquello que no encuentran en sus iglesias reales, con sus desafíos inherentes y bajo pastorados que no se limitan a dar sermones generales e inofensivos sino que explican y aplican con poder las Escrituras a las conciencias de las personas, cosas que los teólogos por internet jamás pueden hacer.


Sin duda que es tal la ambigüedad que se maneja que no es raro concluir, a la luz de lo que se ve hoy, que tal reformador fue el que cristiano que más respetó el "quédate en casa" en su tiempo, aunque nada (para sorpresa nuestra) se diga que estuvo dispuesto a morir por causa del evangelio, se llegue a pensar que el otro teólogo apoyaba las organizaciones paraeclesiales aunque sea un anacronismo estilo Fake News, que tal o cual predicador o puritano apoyaría la adoración mundana (sin hacer referencia a su férreos conceptos del principio regulador), que ningún hombre piadoso del pasado, para sorpresa nuestra, creía en la observancia fiel del día del Señor, que las esposas de todos ellos abandonaron sus hogares para desarrollarse como mujeres y que todas formaron una organización de mujeres predicadoras, y que ninguno de ellos, se pronunció con vehemencia contra la mundanalidad de las iglesias, y las corrupciones de su época. 
Todo esto gracias a la desinformación de ministerios que editan la verdad histórica para nosotros, que muestran solo una cara de nuestra herencia reformada, ministerios que no son claros en develar dónde están sus verdaderos intereses y que solo usan la herencia reformada para catapultarse en un contexto que debería ser más cuidadoso con las personas a quienes les presta su oído, que no honran las iglesias locales, que desvían la herencia que Dios trabajó para darnos a esta generación.

Lo más delicado es el manejo arbitrario que hoy se le ha dado a la Biblia a través del internet. Temas y versículos favoritos, que se postean solo para apoyar un punto, sin cuidado de respetar que en otra parte de la Escritura «también está escrito». La falta de conocimiento, pero a su vez la promoción de este y la masificación de este mal a través de organizaciones de internet, sigue alejando que el pueblo de Dios se vuelva a las Escrituras de verdad y aprenda de ellas lo que es la iglesia y la adoración, la edificación de los santos y el evangelismo verdadero en un contexto de santidad bajo el poder del Espíritu Santo.


Quizás usted considere estas palabras, y si cumplieron su cometido, preferirá empezar a salir de esas cadenas de desinformación y error que ayudamos a alimentar en las redes sociales y que en muchos casos, nos alejan de darnos fielmente al estudio de la Palabra y a la indagación de nuestro legado doctrinal, se dará cuenta cuánto hemos corrido lejos de lo que Dios nos regaló por su gracia y de lo que verdaderamente los hombres de Dios tenían en su alma cuando dijeron las frases o hicieron las cosas que hoy usamos sin ningún reparo de forma conveniente.

jueves, 12 de diciembre de 2019

LA AUTORIDAD CIVIL


UN ENTENDIMIENTO BÍBLICO - CONFESIONAL

Todos los creyentes, mientras vivamos en este mundo, nos encontraremos involucrados de muchas maneas en los asuntos civiles, en nuestros propios países y estados. Sin embargo, la manera de acercarnos a dichos asuntos no es igual a la de aquellos que no han reconocido el señorío de Cristo por medio del evangelio, en arrepentimiento para con Dios y la fe en su sacrificio en sustitución.

Debido a que el creyente tiene otra ciudadanía que la de su nacimiento físico (Fil.3:20), un Rey supremo al que le rinde toda y absoluta sujeción (Is.9:6), una constitución más alta que la de su propio país (Mt.24:35), entonces está en la capacidad de juzgar las cosas, no como los que están enemistados con Dios, ajenos a las realidades completas y espirituales, sino como quienes disciernen las cosas con la Palabra de Dios siendo ellos mismos gente espiritual (1 Cor.2:14.15). Esto les permite acercarse sobre otro fundamento que el meramente humano a todos los asuntos civiles, de manera que lo que ahora vivía en la carne, lo viva en la fe del Hijo de Dios (Gal.2:20), y en estricta lealtad a las Sagradas Escrituras.

Esto le concede un entendimiento y discernimiento más agudo que el simple hecho de declararse de derecha, centro o izquierda y las miles de variedades de estructuras sociales y políticas elaboradas e inventadas por el hombre caído. Esto le ha permitido al cristianismo sobrevivir bajo regímenes autoritarios, monarquías, democracias y otras, aunque haya podido disfrutar o a veces sufrir en manos de unas más que en otras, pero jamás depender de algunas de esas estructuras para desarrollarse. Por eso el creyente, no se avergonzará en coincidir o no, con una o con otra política, no en virtud de su afiliación política sino en virtud de la identificación de tal o cual política o ideal con la Palabra de Dios. Esto también le permitirá coincidir a veces con la autoridad civil y otras veces ser crítico de ella, en la medida que esta se alinee o no a las Escrituras. Su sometimiento o criticidad, siempre se darán, no en la carne ni con las armas de humana sabiduría, sino con las que otorga Dios a su pueblo para los fines establecidos (2 Cor.10:3-6).

No es sabio que los hijos de Dios, obremos carentes de las implicaciones de nuestra vocación espiritual en los asuntos civiles, y nos dejemos llevar ciegamente por los caminos propuestos por la humanidad caída y llena de sus propios intereses. La única manera de no quedar en la mitad del fuego cruzado de las tendencias políticas, es andar en fidelidad a las Escrituras, honrando a Dios antes que a los hombres (Hch.4:19-20; 5:29), aunque al hacerlo quede expuesto a toda la estructura del mundo y su persecución, porque es el mundo, no importa de qué tendencia política, el que está en contra de Dios y de su Cristo, y por supuesto, de todo aquel que ha renunciado al mundo y sigue al fielmente al Salvador (Sal.2:1-3).

Nuestra lealtad absoluta como hijos del Reino es solo a Dios y a su Palabra; la lealtad civil, solo se debe dar en cuanto a su identificación a los principios de las Sagradas Escrituras y en cuanto a lo que ellas han determinado como legitimo para la autoridad civil.

 CONFESIÓN BAUTISTA DE FE DE LÓNDRES 1689
DE LAS AUTORIDADES CIVILES

1. Dios, el supremo Señor y Rey del mundo entero, ha instituido autoridades civiles para sujetarse a él y gobernar al pueblo [1] para la gloria de Dios y el bien público [2] y con este fin, les ha provisto con el poder de la espada, para la defensa y el ánimo de los que hacen lo bueno, y para el castigo de los hacen el mal [3].

[1]. Sal. 82:1; Lc. 12:48; Ro. 13:1-6; 1 P. 2:13,14.
[2]. Gn. 6:11-13 con 9:5,6; Sal. 58:1,2; 72:14; 82:1-4; Pr. 21:15; 24:11,12; 29:14,26; 31:5; Ez. 7:23; 45:9; Dn. 4:27; Mt. 22:21; Ro. 13:3,4; 1 Ti. 2:2; 1 P. 2:14.
[3]. Gn. 9:6; Pr. 16:14; 19:12; 20:2; 21:15; 28:17; Hch. 25:11; Ro. 13:4; 1 P. 2:14.


EL RECONOCIMIENTO
«Porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas».

Hablar de un acercamiento correcto del creyente y la iglesia a la autoridad civil, no debe ser visto como una negación de la soberanía de Dios sobre todas las áreas de la vida. Hemos de cuidarnos de quienes reclamando el dominio de Dios sobre cada pulgada de la creación, implican que la iglesia debe ser igual de soberana en su involucramiento civil, procurando que esta se inmiscuya en todos los vaivenes de las estructuras del mundo supuestamente adelantando el reino de Dios.

Sin embargo, en consonancia con las Sagradas Escrituras, no solo aceptamos que las autoridades civiles vienen de Dios, ni que son permitidas por el ejercicio soberano, sino  reconocemos que ellas son divinamente instituidas, que ellas derivan su autoridad de Dios mismo quien las levantó para el cumplimiento de asuntos específicos en ese orden que le imprimió a su mundo. En última instancia, por encima de cómo llegan los individuos a gobernar, si por elección popular, o si por la vía del autoritarismo, sea que, como afirman algunos, las autoridades gobiernen por el consentimiento de los gobernados, quienes en un contrato justo o pacto social, ceden sus derechos pero siempre procurando que los gobernantes representen sus intereses, o sea como en épocas Bíblicas, cuando se hacen los solemnes llamados a la obediencia legitima a los gobernantes, donde estas autoridades  jamás contaron con la aprobación de la ciudadanía, al final y pese al medio usado por Dios, las autoridades son divinamente y soberanamente puestas, y nuestra obligación a la obediencia legitima es porque Dios así lo quiere. El principio de sujeción no varía por el medio que Dios uso para traerlas al poder.

Si bien, esta puede parecer una declaración temeraria porque reconocemos que individuos pueden llegar al poder por vías injustas, reconocemos que muchos individuos llegan a ponerse como autoridades cuya legitimidad general es expugnada (por ejemplo el gobierno de las mujeres), reconociendo aún que muchos individuos ejercen una autoridad tiránica, el punto a resaltar aquí es que todas las cosas Dios las ha pre-ordenado y solamente su voluntad se cumple. Que esto genere respuestas particulares del pueblo de Dios, será otro tema, pero el reconocimiento del ejercicio soberano no se puede negar sin contradecir la Palabra de Dios. Le recuerdo que la mayor parte del Nuevo Testamento se desarrolló y escribió bajo los gobiernos de hombres impíos, paganos e injustos como Augusto, Tiberio, Calígula y Claudio, cuyas historias pueden ser estudiadas por el lector, donde jamás el principio de sujeción fue abolido. Y ¿Acaso el principio de reconocimiento y obediencia legitima dejó de operar solo porque un hombre como Nerón gobernaba? Recordemos que fue bajo este gobernante que los apóstoles Pablo y Pedro escribieron inspirados acerca de la obediencia y sujeción legitima a ellos (Rom.13:1-6; 1 Pd.2:13,14).

Un acercamiento correcto del creyente a los asuntos civiles debe empezar por el reconocimiento de la institución soberana de ellos de parte de Dios. Los términos «lo establecido por Dios» y «servidor de Dios», nos muestra no solo su origen sino su obligación principal: que están puestas para servir a Dios en el ejercicio de su autoridad. Y que deben servir a Dios precisamente en lo que Él les ha demandado, a saber: La defensa, el ánimo y la vindicación del que anda civilmente bien, como el castigo, el amedrentamiento, la intimidación y el castigo del malhechor. Para el cumplimiento de este deber Dios les concede honra, la obligación de la obediencia de parte de los gobernados, el derecho de pedir tributo, y el uso de la fuerza legítima.

El continuo intento de las poblaciones alejadas de la Palabra de Dios de rebajar el honor del servidor público, de la rebelión a su autoridad, de la mala conciencia con el tributo y la procura de debilitar la espada que Dios les concedió para guardar el orden, la paz y la justicia general, solo lo harán resistiendo a Dios mismo quien las instituyó y les ordenó su rumbo, sino que lo harán para cavar un hoyo para su propia caída.  El gobernado debe esperar de la autoridad lo que ella está supuesta a dar y no esperar de ella lo que Dios no ha querido dispensar por esa vía.  Puede corroborar en el sustento Bíblico de la Confesión de fe, el numeral 2, que las autoridades civiles en general están para la promoción de la justicia y la paz civiles. En esto, debemos conceder con buena y limpia conciencia que a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que le pertenece.

Quizás con menos ardor natural en la cabeza y con más luz de la Palabra sobre nuestros corazones, podamos entender nuestras responsabilidades para con ellas, moderar nuestras expectativas, dar nuestro apoyo y andar en los asuntos civiles, no como los demás, sino en la fe el Hijo de Dios.

AUTORIDAD
«Porque no en vano llevan la espada».

«Porque [el magistrado] es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo» (Rom.13:4).

«Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien» (1 Pd.2:13-14).

Si existe un asunto conflictivo hoy en la mente del ciudadano moderno, es el papel de la fuerza, el castigo, la punición de las conductas civiles que deben ser castigadas por parte de las autoridades. Esto no ha surgido de la nada, sino que es uno de los muchos productos del  aumento de la resistencia a cualquier tipo de autoridad humana que cada generación revela cada vez con más fuerza. Resistimos la autoridad naturalmente, y por supuesto, todos los ejercicios de exigencias, responsabilidades y consecuencias que se derivan de esta, porque de otro lado, exigimos intervención y firmeza cuando de los aspectos agradables, gratificantes y que se acomodan a nuestra particular manera de ver las cosas, se trata. Lo afirmamos por la creciente inconsecuencia de querer debilitar la fuerza de las autoridades para unos asuntos, pero al mismo tiempo exigirles protección.

Pero nuestro punto va más allá de asuntos prácticos, a procurar determinar si es legítimo el uso  de la fuerza por parte de las autoridades civiles. Si es que todo uso de la fuerza es legítimo y si acaso esto tiene un límite o si es absoluto. Por supuesto que damos por sentado que entendemos que el uso  de la fuerza (o la espada) es cualquier medio por el que las autoridades civiles amenazan, reprimen, detienen y castigan algunas conductas, sea físicamente por la fuerza o sea por la fuerza de las leyes elaboradas con ese fin.

Ámbitos
La autoridad civil es un elemento  completamente legítimo, y habíamos observado que no puede tener otro sello de aprobación más alto que el hecho de haber sido puestas por Dios. Son establecidas por el Señor con propósitos definidos y al aceptarlo así, aceptamos también las implicaciones de su autoridad cuando esta se ejerce. Ya que entendemos que es función de las autoridades civiles mantener la justicia y la paz púbicas, civiles, y de bien común, entonces el uso de la fuerza es legítimo en tanto estos sean los elementos a defender y cuidar. Cuando el apóstol Pablo refirió de los magistrados civiles «no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo», estaba, entre otras cosas, delimitando el ámbito de la autoridad civil y sus recursos. La esfera de la autoridad civil, como aclara el comentarista de la Confesión de fe, es la esfera civil. La espada no se usa para disciplinar los hijos ni para la disciplina de los cristianos impenitentes. Pero es adecuada para refrenar la injusticia y la criminalidad civil y para detener y desanimar a quienes amenacen estos bienes públicos de la paz y justicia. Puede corroborar los textos que la Confesión de fe provee para sustentar el punto de la legitimidad en el uso de la fuerza o espada para estos fines (Gn.9:6; Pr.16:14; 19:12; 20:2; 21:15; 28:17; Hch.25:11; Ro.13:4; 1 Pd.2:14).

Legislaciones modernas, bajo la idea de llevar al progreso la humanidad, la están deshumanizando. Ellos afirman que no es la penalización del criminal sino su rehabilitación la meta de la justicia. Sin embargo, la idea obvia de la justicia civil es la repartición a cada uno según su merecimiento, el bien recompensando con el bien, el mal con el mal. Trastocar este principio de sentido común y de sanción divina, no puede llevar a más justicia y paz. Interesante que en otras áreas todos exigiríamos lo justo como la norma más básica de trato, pero cuando del ejercicio de la autoridad civil para imponer penas al criminal, esta norma es altamente expugnada en la actualidad por individuos ingenuos que asumen que la respuesta de las autoridades al malhechor, es darle oportunidades y no equilibrar la balanza. Esto está creando lo que hoy llaman la “revictimización” del que ha sido injustamente tratado, al primero, ser víctima de una injusticia, y segundo, tener que vivir viendo a su victimario sin la consecuencias de haber obrado mal y dándole oportunidad para que doble su crimen. Así, como bien afirma el Comentarista, existe hoy una preocupación anti bíblica por el malvado y demasiada poca preocupación bíblica por los rectos. Pretendiendo progreso alientan cada día la impunidad y animan a que el mal se acrecenté  y esto en debilitamiento continuo de la autoridad.

¿Todo vale?
El uso de la fuerza por parte de las autoridades legítimas, es válido pero tiene un obvio límite. El apóstol Pablo llamó a las autoridades “sus siervos”, lo que nos indica que es en los lineamientos dados por Dios que la autoridad tiene legitimidad. Cuando la autoridad puesta por Dios excede los límites puestos por Él a quien deben servir, se hacen motivo de reproche, censura y deben acarrearse consecuencias porque: «Abominación es a los reyes hacer impiedad, porque con justicia será afirmado el trono» (Prov. 16,12). Pero el uso de la fuerza para reprimir la maldad es algo que Dios les ordenó. Juan Calvino refiriéndose a este texto dice: “Porque, como dice san Pablo, no en vano llevan la espada, pues son servidores de Dios, vengadores para castigar al que hace lo malo (Rom. 13,4). Por ello, si los príncipes y los demás gobernantes comprendiesen que no hay cosa más agradable a Dios que su obediencia, si quieren agradar a Dios en piedad, justicia e integridad, preocúpense de castigar a los malos […] Así que, si su verdadera justicia es perseguir a los impíos con la espada desenvainada, querer abstenerse de toda severidad y conservar las manos limpias de sangre mientras los impíos se entregan a matar y ejercer violencia, es hacerse culpables de grave injusticia; tan lejos están al obrar así de merecer la alabanza de justicieros y defensores del derecho.”.

Por supuesto que el uso de la fuerza, sea esta fisca o mediante leyes dadas para el desánimo del malo y de las injusticias, no es el aval para el exceso de fuerza o fuerza a cualquier costo. Sin duda que el  uso de la fuerza debe verse y sentirse como tal pues de eso se trata, pero puede suceder que la fuerza desproporcionada conlleve a otros males más que los que deseó reprimir. Así el reformador nos recuerda: “Sin embargo, entiendo esto de tal manera que no se use excesiva aspereza, y que la sede de la justicia no sea un obstáculo contra el cual todos se vayan a estrellar. Pues estoy muy lejos de favorecer la crueldad de ninguna clase, ni de querer decir que se puede pronunciar una sentencia justa y buena sin clemencia, la cual siempre debe tener lugar en el consejo de los reyes, y que, como dice Salomón, sustenta el trono (Prov. 20,28) […] Pero es preciso que el magistrado tenga presentes ambas cosas: que con su excesiva severidad no haga más daño que provecho, y que con su loca temeridad y supersticiosa afectación de clemencia no sea cruel, no teniendo nada en cuenta y dejando que cada uno haga lo que quiera con grave daño de muchos. Porque no sin causa se dijo en tiempo del emperador Nerva: Mala cosa es vivir bajo un príncipe que ninguna cosa permite; pero mucho peor es vivir bajo un príncipe que todo lo consiente».

Finalmente, todos los cristianos reconocemos que las autoridades están puestas por Dios, aceptamos la implicaciones y derivaciones que la autoridad civil trae como la búsqueda de la justicia y paz civiles por leyes y por la espada, y la amenaza, represión, castigo y penalidad a quienes expugnan estos bienes públicos, es legítima y verdaderamente obvia. Pero no estamos de acuerdo con la autoridad ciegamente, haga lo que haga, por el simple hecho de ser autoridad. Los excesos, las injusticias, la maldad de los gobernantes y las autoridades civiles, no hacen parte de lo que nos toca aceptar por el hecho de haber sido perpetradas por agentes que Dios puso.

Pero así como no apoyaríamos la destrucción de la familia porque algunos padres o madres son irresponsables y esta institución sirve en algunos casos para el mal, no abogaríamos por la disolución de la paternidad por el hecho de hijos rebeldes, así como no apoyaríamos la disminución o la abolición de la figura del matrimonio porque ciertos cónyuges son infieles o maltratadores, no apoyaríamos ni avalaríamos la destrucción de las libertades civiles solo porque algunos ciudadanos, quizás muchos, la usan para su maldad, tampoco vamos a apoyar o querer la destrucción o el acabamiento de la fuerza en las autoridades civiles, la fuerza pública, porque algunos la usan mal. Los excesos y defectos deben ser censurados y corregidos pero de allí a expugnar la autoridad y la fuerza bajo este pretexto, es como acabar con la medicina solo porque algunos la usan mal y hasta se hacen daño con lo que está puesto para hacer bien.

De allí que un acercamiento bíblico a las autoridades civiles seguirá siendo el medir todo  bajo la Palabra de Dios. Lo justo es justo hágalo quien lo haga, no por quien lo realiza sino por su alineamiento bajo las Escritoras. Lo correcto es correcto no por quien lo establece o defiende, sino por su identificación con la Palabra de Dios. Lo bueno es bueno o lo malo es malo no por quien realice la acción sino por la sanción de Dios en su Palabra. Es la mejor manera de no polarizar las cosas en bandos sino en establecer una cosmovisión bajo principios, los más altos y sabios, los de las Palabra santa de único Dios que existe.

RESISTENCIA Y OPOSICIÓN
«De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos».

Sin duda que los últimos acontecimientos que rodean el mundo nos ha presentado una nueva realidad: que los ciudadanos unidos, sea legitima o ilegítimamente pueden llegar a poner en estrecho los gobiernos constituidos. Es lamentable ver que buscando mejores condiciones, las revueltas y resistencias violentas dañen las pocas buenas condiciones que tenemos. Esta actitud beligerante, violenta, belicosa de ciudadanos comunes enfrentándose de manera armada, poniendo fuego en  la ciudad, poco bien traerá, pues es una apartamiento completo de los deberes de la ciudadanía a la autoridad civil. «Los hombres escarnecedores ponen la ciudad en llamas; Mas los sabios apartan la ira» (Prov.29:8). Comentando este texto George Lawson dice: “El hombre arrogante suscita rencillas (Prov.28:25); y el fuego que enciende no está confinado al estrecho círculo de sus propias relaciones inmediatas, sino que suele extenderse con furia por todos los rincones de la ciudad donde habita. Los arrogantes son incendiarios públicos que quieren que todo se haga a su manera porque, si su orgullo y su honor no quedan satisfechos, suscitan un desorden general, y arrastran tanta gente como pueden a través de todas las formas del fraude y la villanía para que se ponga de su parte, y provocan a los demás hombres con su conducta, hasta que se produce una especie de guerra civil en las entrañas de la sociedad a la cual pertenecen, y a ciudad, y el país, corre el grave peligro de quedar destruida. Estos hombres arrogantes y escarnecedores son la pesadilla del lugar donde viven”.

Asombroso que profesos cristianos apoyen, promuevan y participen en revoluciones armadas, resistiendo así la autoridad civil por las vías desautorizadas expresamente por las Escrituras que dicen obedecer. Una lectura superficial de Rom.13:2 nos habla de ‘oposición’ y ‘resistencia’ a las autoridades civiles, asuntos prohibidos por el apóstol inspirado por el Espíritu Santo. Por supuesto que el texto implica aquellos asuntos que generan inconformidad en la población porque ¿Qué otra cosas resistiría el pueblo sino aquello que viera con inconformidad? ¿Por qué resistirían las leyes a menos que las vieran imperiosas sobre ellos? El texto da por sentado que algunas decisiones de la autoridad civil no dejarán tranquilos a los ciudadanos, lo que los inclinará a oponerse y resistir la autoridad de manera violenta. El texto es claro en prohibir tal conducta agresiva.

No desconocemos que la obediencia a la autoridad civil no es absoluta. Si ha seguido los escritos anteriores a este, se han dado los principios suficientes para aclarar que la obediencia a la autoridad civil es en aquello que es licito. Y ¿Qué define lo que es lícito? La Palabra de Dios únicamente. Sin embargo, la actitud del creyente bajo los lineamientos del gobierno no puede ser una que haga chocar la ética bíblica expresa, es decir, cualquiera que pueda llegar a conformar la respuesta del cristiano frete a las políticas de su gobierno, deben regularse por los textos Bíblicos que expresamente nos hablan de nuestra posición frente a la autoridad civil. El Comentario a la Confesión Bautista de fe (Com.CBF1689 en adelante) señala en este punto:

“Nótese que no hay precedente en la Biblia para que el cristiano manifieste una actitud beligerante y rebelde hacia la autoridad civil. La respuesta de Pedro en Hch.4:19 es notablemente mansa cuando se compara con la beligerancia de ciertos sectores del cristianismo profesante en nuestro tiempo. Hay un ejemplo instructivo de tal beligerancia en Hch23:1-5. Allí Pablo se disculpa prontamente ¡Aun cuando fue provocado a ellos por un error judicial! Las actitudes beligerantes y la conducta deliberada e innecesariamente provocativa nunca son adecuadas cuando los cristianos deben rendir obediencia”. Puede que hoy día la población tenga más recursos legítimos para mostrar su postura y censurar aquello que es incompatible con los dictados de la paz y justicia que los gobiernos deben seguir y promover. Pero jamás la resistencia violenta es uno de esos métodos, que ni es permitido por los gobiernos ni menos, por la Palabra de Dios. Hablando de las revoluciones violentas a los gobiernos civiles el Com.CBF1689 vuelve a puntualizar:

“El trasfondo de Romanos 13:1-7, y la razón  por la que Pablo trata el tema de la subordinación a las autoridades romanas es la campaña violenta y anti romana del siglo I d.C., de los judíos que luchaban por su libertad. Estos personajes violentos y revolucionarios estaban escondidos detrás de muchas delas escenas del Nuevo Testamento. Ellos fueron los responsables, unos diez años después de escribirse la epístola a los Romanos, de la rebelión que devastaría a Jerusalén y el judaísmo [...] La afirmación básica del pasaje es que las autoridades civiles romanas estaban establecidas por Dios. Ciertamente, dice el apóstol Pablo, no existen autoridades civiles excepto las ordenadas por Dios. Tal afirmación es tanto más asombrosa a los oídos modernos por cuanto  la autoridad romana era dictatorial y el carácter de la autoridad romana era corrupto y pronto sería perseguidor.  De hecho, esto había sido cierto en  cuanto a los tres últimos emperadores, contando al que reinaba en el tiempo en que Pablo escribía: ¡Calígula, Claudio y Nerón!”.

Entendiendo que Dios ha ordenado su mundo de muchas maneras y ha concedido en última instancia las diferentes formas de gobierno de los pueblos, el deber es el mismo, sea que cristianos vivan bajo monarquías, dictaduras o democracias. Aquí la Biblia demuestra que va por encima de los aparejos humanos y nos señala la voluntad de Dios que atraviesa toda cultura y época. Juan Calvino, quien adelantaría para nuestro mundo mucho de la autoridad civil como la concebimos hoy, afirma en ese sentido: “Mas, si quienes por voluntad de Dios viven bajo el dominio de los príncipes y son súbditos naturales de los mismos, se apropian tal autoridad e intentan cambiar ese estado de cosas, esto no solamente será una especulación loca y vana, sino además maldita y perniciosa”.

Por eso es necesario que la ética civil del cristiano sea regulada por los principios Bíblicos que por las diversas y complejas situaciones civiles que vivimos. No podemos amarrar nuestra manera de vivir a la cultura o a las condiciones civiles siempre cambiantes, sino anclar nuestra vida y principios a las Escrituras. El  Com.CBF1689 yendo más al significado de las Palabras del apóstol enseña: “Pablo [con este mandato de subordinación] no hubiera querido que [los cristianos] obedecieran siempre a tales dirigentes […] Lo que realmente dice a los cristianos romanos es que deberían estar ‘subordinados’, ponerse bajo la autoridad de las autoridades romanas, tomar su lugar bajo ellos como gobernantes dados por Dios […] Ambas palabras [que usa en Romanos 13] (‘opone’ y ‘resiste’) describen original y propiamente el uso de fuerzas armadas contra un oponente militar. Lo que Pablo quiere decir es que los cristianos no deben nunca tomar las armas contra las autoridades civiles. Más específicamente, los cristianos romanos no han de ser arrastrados al movimiento judío de resistencia […] No han de tomar la espada contra ella y acabar sufriendo como asesinos (1 Pd.4:15)”.

Es Calvino el que puntualiza la razón de esta no resistencia y oposición violenta contra la autoridad civil: “Que nadie se engañe aquí. Porque como quiera que no se puede resistir al magistrado sin que juntamente se resista a Dios, aunque a alguno le parezca que puede enfrentarse al magistrado y salir airoso porque no es tan fuerte; no obstante, Dios es mucho más fuerte y está perfectamente armado para vengar el menosprecio de su disposición”.

Muchos cristianaos podrían objetar que su oposición beligerante a los gobiernos se debe a aquellas injusticias civiles que la hacen necesaria, a lo que respondemos que el creyente puede discordar de las autoridades civiles, que aún puede usar los medios establecidos, primero por la Palabra de Dios, y segundo, por sus propias autoridades para hacer saber sus inconformidades, pero jamás puede traspasar la Palabra de Dios para hacerlo ni el orden justo de las leyes de los hombres. Nuevamente el Com.CBF1689 dice: “Si esta ha de ser nuestra relación con la autoridad civil, no debe haber una ‘revuelta contra los impuestos’ o una ‘actitud de revuelta’ contra la misma. Rehusar pagar impuestos es una forma de rebelión incipiente”. Y finaliza: “No existe ningún ejemplo de revolución autorizada contra la autoridad civil en la Biblia. Los claros deberes que se requieren de los cristianos con referencia a la autoridad civil son, implícitamente, contrarios a la misma. El pasaje clásico de Romanos 13 es un rechazo sistemático de las actitudes y practicas revolucionarias”. Por este mismo principio el mismo Calvino también señala: “Porque aunque la corrección y el castigo del mando desordenado sea venganza que Dios se toma, no por eso se sigue que nos la permita y la ponga en manos de aquellos a quienes no ha ordenado sino obedecer y sufrir”.     
Sin duda que este escenario es el camino largo, el  camino tedioso y a veces lleno de ingratitud, pero la revuelta social, la violencia contra el servidor público, el daño a la infraestructura, el atentado a los servicios comunes, que parecen la vía más rápida y eficaz de conseguir las cosas, deshonra a Dios y crea a mediano y largo pazo una ética de la violencia, el odio, y la vía del camino fácil a costa de los principios de orden y rectitud. Calvino afirma acerca de la obediencia de los subordinados y su apego a los debidos procesos que: “Además de esto, bajo el nombre de obediencia comprendo la modestia que todos los particulares han de guardar por lo que se refiere a los asuntos del bien común; es decir, no mezclarse en negocios públicos, no censurar temerariamente lo que hace el magistrado, y no intentar cosa alguna en público. Si en el gobierno hay alguna cosa que corregir, no se debe hacer con alborotos ni atribuirse la facultad de poner orden, ni poner manos a la obra, las cuales han de permanecer atadas al respecto; el deber es dar noticia de ello al magistrado, el cual solo tiene las manos libres para ello. Entiendo que no deben hacer ninguna de estas cosas sin que se les mande. Porque cuando tienen mandato de un superior, tienen autoridad pública. Porque así como se suele llamar a los consejeros del príncipe sus ojos y sus oídos, porque él los ha destinado para que vean, oigan y le avisen, así también podemos llamar manos del príncipe a aquellos que él ha constituido para ejecutar lo que se debe hacer”.

Seguramente es una tensión que tendremos que vivir, pero las vías fáciles del “fuego a toda costa”, como la “indiferencia pseudoreligiosa a los asuntos sociales”, no honran el principio Bíblico. Los cristianos somos ciudadanos de este mundo, pero somos primeramente súbditos del Señor quien nos gobierna por Su Palabra. Bajo ella y solo bajo ella, podemos apreciar y ponderar nuestra libertad, ver o no lo que es justo y saber cómo actuar en cada caso. Concluimos con una palabra de ánimo que el reformador Calvino señaló: “Mas en la obediencia que hemos enseñado se debe a los hombres, hay que hacer siempre una excepción; o por mejor decir, una regla que ante todo se debe guardar; y es, que tal obediencia no nos aparte de la obediencia de Aquel bajo cuya voluntad es razonable que se contengan todas las disposiciones de los reyes, y que todos sus mandatos y constituciones cedan ante las órdenes de Dios, y que toda su alteza se humille y abata ante Su majestad. Pues en verdad, ¿Qué perversidad no sería incurrir en la indignación de Aquel por cuyo amor debemos obedecer a los hombres a fin de contentarles? Por tanto el Señor es el Rey de reyes, el cual, apenas abre sus labios, ha de ser escuchado por encima de todos. Después de Él hemos de someternos a los hombres que tienen preeminencia sobre nosotros; pero no de otra manera que en Él. Si ellos mandan alguna cosa contra lo que Él ha ordenado no debemos hacer ningún caso de ella, sea quien fuere el que lo mande. Y en esto no se hace injuria a ningún superior por más alto que sea, cuando lo sometemos y ponemos bajo la potencia de Dios, que es la sola y verdadera potencia en comparación con las otras”.


VOCACIÓN, LIMITACIÓN, PRERROGATIVAS -
«Ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien».







CONFESIÓN BAUTISTA DE FE DE LÓNDRES 1689

DE LAS AUTORIDADES CIVILES


2. Es lícito para los cristianos aceptar cargos dentro de la autoridad civil cuando sean llamados a ocuparlos [1]; en el desempeño de dichos cargos deben mantener especialmente la justicia y la paz, según las buenas leyes de cada reino y estado; y así, ahora con este propósito, bajo el Nuevo Testamento, pueden hacer lícitamente la guerra en ocasiones justas y necesarias [2].

[1]. Ex. 22:8,9,28,29; Daniel; Nehemías; Pr. 14:35; 16:10,12; 20:26,28; 25:2; 28:15,16; 29:4,14; 31:4,5; Ro. 13:2,4,6.
[2]. Lc. 3:14; Ro. 13:4.

Un acercamiento  bíblico al tema de la autoridad civil, como en todos los demás asuntos, debe hacerse teniendo en cuenta todo el consejo de Dios. Muchos individuos hacen su teología solo basados en algunos apartes de la Escritura y desconociendo los contextos de los pasajes que se estudian. Esto ha traído paradojas innecesarias y énfasis peligrosos a la hora de sugerir una teología. Específicamente hablando del tema que nos compete, muchas personas hacen una regla de tres simple y afirman que ya que Dios es soberano, la iglesia debe militar en todas las cosas de igual manera, de forma que todo quede bajo el señorío de Cristo, incluyendo por supuesto, la política. La otra regla de tres, en el otro extremo del cuadro, afirma que el señorío de Dios está restringido a la iglesia, y que lo demás no importa, sacando así a Dios de su injerencia en los asuntos temporales.

Por supuesto que trazar la línea correcta es un asunto bastante complejo, pero reconociendo los extremos podemos avanzar en una distinción importante. Y aunque en este tema de la autoridad civil no llegamos a todas las concusiones que Calvino llegó y nos apartamos de él en algunas implicaciones, reconocemos que bastante alumbró con sus conceptos precisos. Si bien creemos que Dios es soberano sobre todo, no hacer las correctas distinciones en cuanto al reino de Dios, llevará a conclusiones desacertadas. Esta es la distinción de los dos reinos que hace Calvino hablando de la Autoridad civil:

“Primeramente, antes de entrar más adelante en materia, será necesario traer a la memoria la distinción que ya hemos establecido, a fin de que no nos suceda lo que comúnmente suele acontecer a muchos, que inconsideradamente confunden estas dos cosas, aunque son totalmente diversas. Porque cuando oyen que en el Evangelio se promete una libertad que, según se dice, no reconoce ni Rey ni Roque entre los hombres, sino solamente a Cristo, no pueden comprender cuál es el fruto de su libertad mientras ven alguna autoridad sobre ellos. Y así no creen que las cosas vayan bien, si el mundo entero no adopta una nueva forma, en la que no haya juicios, ni leyes, ni magistrados, ni otras cosas semejantes con que estiman que su libertad es coartada.

“Mas quien sabe distinguir entre el cuerpo y el alma, entre esta vida transitoria y la venidera, que es eterna, comprenderá a la vez con ello muy claramente que el reino espiritual de Cristo y el poder civil son cosas muy diferentes entre sí. Y puesto que es una locura judaica buscar y encerrar el reino de Cristo debajo de los elementos de este mundo, nosotros, pensando más bien - como la Escritura manifiestamente enseña - que el fruto que hemos de recibir de la gracia de Dios es espiritual, tenemos mucho cuidado de mantener dentro de sus límites esta libertad que nos es prometida y ofrecida en Cristo.

“A pesar de ello, esta distinción no sirve para que tengamos el orden social como cosa inmunda y que no conviene a cristianos. Es verdad que los espíritus utópicos, que no buscan sino una licencia desenfrenada, hablan de esa manera actualmente y afirman que, puesto que hemos muerto por Cristo a los elementos de este mundo y hemos sido trasladados al reino de Dios entre los habitantes del cielo, es cosa baja y vil para nosotros e indigna de nuestra excelencia ocuparnos de estas preocupaciones inmundas y profanas concernientes a los negocios de este mundo, de los cuales los cristianos han de estar apartados y muy lejos. ¿De qué sirven, dicen ellos, las leyes sin juicios ni tribunales? ¿Y qué tienen que ver los cristianos con los tribunales? Si no es lícito al cristiano matar, ¿de qué nos servirían las leyes y tribunales? Mas, así como poco hace hemos advertido de que este género de gobierno es muy diferente del espiritual e interior de Cristo, debemos también saber, que de ninguna manera se opone a él”. Hasta aquí Calvino.

Esta precisión es necesaria para que no invadamos las esferas en las que el señorío de Cristo se manifiesta, sus herramientas particulares, sus propósitos definidos y las armas de la milicia que Dios le ha concedido a cada una. Las distinciones son necesarias y sobre todo, bíblicas, de lo contrario buscaremos la imposición del reino espiritual de Cristo por la espada o algo similar a este cuadro equivocado.

La Confesión de fe afirma en este párrafo, que es completamente legítimo que verdaderos cristianos, que tengan la vocación de servidores públicos, tengan cargos en la autoridad civil. Una vocación temporal es un llamado de Dios a su servicio de una manera singular. Así como se espera que todo creyente reconozca la suya, aquellos que tienen vocación de servidores públicos no enfrentan esencialmente más providencias que los que son llamados a médicos, abogados, constructores o ganaderos, etc. Aunque reconocemos que la altura de su llamado los expone a providencias singulares, el punto es que no se debe ver su vocación espiritual como una violación a su llamado a Cristo. Ser llamado a Cristo, a un reino espiritual con una ciudadanía singular no compite en principio, con responder a su llamado temporal, a su respectiva vocación.

Por supuesto que como toda vocación, debe ser hecha en los lineamientos Bíblicos, según las expectativas del Señor. Por eso, el servidor público en este caso, debe procurar ser muy entendido en cuál es su propósito en su cargo y cuáles son los límites que no debe sobrepasar ni quedar debiendo. Por esto la Confesión aclara que su deber corresponde a: “mantener especialmente la justicia y la paz, según las buenas leyes de cada reino y estado”. Como hemos repetido, la esfera de la autoridad civil es el bien civil, la justicia y la paz externas, y esto, según se aclara aquí, dentro de las buenas leyes de cada reino, que es otra manera de decirnos que su búsqueda de justicia y paz se deben dar en el marco de todo aquello que se alinee con la Palabra de Dios para estos propósitos específicos (Rom.13:1-7).

Aquí hay otra precisión importante, y es que reconocer los límites de la vocación civil, no se prestará para la invasión de esferas que tanta confusión generan. El Comentario a la Confesión de fe de 1689 responde a la objeción de: Si es deber de las autoridades civiles mantener la justicia y paz bajo la palabra de Dios ¿Por qué no se castigan las transgresiones de la primera tabla de la ley de Dios así como la segunda?:

“Es reamente cierto que la autoridad civil está sometida a la Palabra de Dios, pero esto no significa que sea el deber de la autoridad civil hacer cumplir cada parte de la Palabra de Dios con su propia autoridad […] Citando a John Murray dice: “Si la autoridad civil intentara, en su capacidad de autoridad, llevar a cabo las demandas de la Escritura que le conciernen en otras capacidades, o las demandas de la Escritura sobre otras instituciones, serían inmediatamente culpables de violar sus prerrogativas y de contravenir los requisitos de las Escrituras […] La esfera de la iglesia es distinta a la de la autoridad civil […] La iglesia no está subordinada al Estado, ni el Estado está subordinado a la iglesia. Ambos están subordinados a Dios y a Cristo […] Tanto la iglesia como el Estado están bajo la obligación de reconocer esta subordinación y la correspondiente coordinación de sus respectivos campos de acción en la institución divina”.

Positivamente hablando, la autoridad civil (No entes particulares ni personas individuales), tiene la potestad de hacer guerras si es que estas son justas. Entiéndase que la Biblia enseña ser pacificadores pero jamás enseña el pacifismo. Un mal entendido en la historia y la teología de la redención hará que procuremos vivir en este mundo post-lapsariano (después de la caída), como si estuviéramos en el Edén, y su equivocación amiga, la de pretender vivir socialmente con las herramientas que Dios le ha dado a la iglesia. Muchos quieren persuasión espiritual donde Dios ha dado la espada. Pero ¿Puede llamarse alguna guerra justa? Por supuesto que en el mundo después de la caída, la guerra es un instrumento externo para refrenar males externos y muchas veces la justicia y la a paz, solo serán posibles con la espada.

Sobre esto el comentarista Williamson afirma: “Los que apoyan la política que básicamente exige que nuestro gobierno nacional renuncie al poder de la espada y que renuncie a sus esfuerzos por ser un terror al malhechor, y que renuncie a la ejecución de la venganza sobre ellos, piden nada menos que la destrucción del mandato de Dios (Rom.13:1-5) […] Este pecado debe ser denunciado como lo que realmente es. Es un pecado contra Dios, y es un pecado contra nuestro gobierno”.

TRES RESPONSABILIDADES CRISTIANAS PARA CON LA AUTORIDAD CIVIL-
«Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey».

CONFESIÓN BAUTISTA DE FE DE LÓNDRES 1689

DE LAS AUTORIDADES CIVILES


3. Habiendo sido instituidas por Dios las autoridades civiles con los fines ya mencionados, se les debe rendir sujeción [1] en el Señor en todas las cosas lícitas [2] que manden, no sólo por causa de la ira sino también de la conciencia; y debemos ofrecer súplicas y oraciones a favor de los reyes y de todos los que están en autoridad, para que bajo su gobierno vivamos una vida tranquila y sosegada en toda piedad y honestidad [3].

[1]. Pr. 16:14,15; 19:12; 20:2; 24:21,22; 25:15; 28:2; Ro. 13:1-7; Tit. 3:1; 1 Pd. 2:13,14.
[2]. Dn. 1:8; 3:4-6,16-18; 6:5-10,22; Mt. 22:21; Hch. 4:19,20; 5:29.
[3]. Jer. 29:7; 1 Ti. 2:1-4

Uno de los asuntos más valiosos de la Palabra de Dios es que no se sitúa por debajo de las leyes humanas sino que las supera. Al ser un mensaje provisto por revelación divina, entonces corresponde al código más alto, al estándar de todas las cosas. Es por la Palabra de Dios que podemos catalogar y clasificar las cosas como buenas o malas, morales o no, correctas o no. Los gobiernos humanos siempre han pretendido poner al hombre y su pensamiento en el lugar que deberían ocupar los principios de las Escrituras. Esto se ve en las leyes y metas que se proponen. ¿Qué sino es esto lo que se podría afirmar de los famosos Derechos Humanos?

Como afirma un autor: “Los clásicos creían en una ley natural que era el fundamento para todo sistema legal humano y que representaba una norma universal a la que todo el mundo tenía que someterse. La democracia moderna coloca en lugar de la ley natural los Derechos Humanos. El estado existe para defender los derechos del ciudadano, y estos derechos se convierten en el fundamento de todo el sistema legal del país. El concepto de la ley natural presupone una norma trascendental, algo que está por encima de los seres humanos y los obliga. El concepto de los Derechos Humanos presupone al ser humano mismo como la meta trascendental […] La Biblia nos dice que la fuente de toda justicia es Dios mismo. Él es quién da una norma trascendental. Los derechos humanos presuponen la autonomía del ser humano […] “el  libre desarrollo de la personalidad” es la meta trascendental de la vida” (Posmodernidad y fe).

Pero los cristianos, quienes obedecemos a las autoridades en los asuntos lícitos y por causa de la conciencia, precisamente lo hacemos sobre la base de la norma más alta, la Palabra de Dios, de otra manera no sabríamos qué son las cosas licitas ni sabríamos sobre qué fundamento firme anclar nuestras conciencias. Entonces es sobre las Sagradas Escrituras y solo sobre ellas, que como creyentes nos acercamos a las estructuras del mundo, las estructuras temporales, a sus leyes, y así calificamos todo. Por supuesto que sobre las Escrituras bien interpretadas y con los principios que le aplican al creyente del Nuevo Pacto, que tendrá circunstancias y por ende, algunos principios distintos, con el habitante del Antiguo Pacto.

Ahora a nivel general, ¿Cuáles son las responsabilidades que este párrafo del Confesión de fe nos señala para con las autoridades civiles, para el cristiano común? Decimos cristiano común para distinguirlo de aquel que por vocación, tiene la oportunidad de involucrarse de otras maneras como gobernante. Al menos vemos tres responsabilidades, que como supondrá, incluyen muchas más bajo ellas.

1. La Sujeción en todas las cosas Licitas
“Se les debe rendir sujeción en el Señor en todas las cosas lícitas que manden”. Esta expresión nos libra de la arbitrariedad de los gobiernos y de la nuestra. Si hay algo licito, ya sea que se encuentre explícito en la Palabra de Dios, como si va en la misma dirección de lo que la Palabra de Dios enseña, como si en muchos casos no contradice la Palabra de Dios, el creyente debe presentar una subordinación general. Para eso es útil recordar el  alcance y los límites de los gobiernos, para no llegarlos a desconocer en el ejercicio legítimo de su llamado, como de llegar a conceder su involucramiento en lo que no corresponde a su esfera. Pero en asuntos que no contienen una sanción bíblica explicita, el creyente debe responder adecuadamente. No  existe una respuesta fácil y explicita, por ejemplo, al problema del desempleo, al déficit fiscal, a la recesión económica, a la inflación  y más. Las medidas de los gobiernos deben ser, en este caso, atendidas en el marco de nuestra profesión de fe, mostrando nuestro apego y amor a Dios y a prójimo.

Y ¿Si algún gobierno de manera ilegítima, vuelca su poder para dañar a la población? ¿Se tiene el derecho a la revolución? ¿Existe algo como el derecho a la rebelión? No hay respuestas fáciles aquí, sobre todo por el alto nivel de subjetivismo con que hoy se miden las cosas. Muchos cristianos parecen afirmar el tener la razón a rebelarse porque no encuentran diferencia entre la muerte física injusta propinada por un gobierno arbitrario y los altos impuestos que “nos van matando poco a poco”. Razonamientos así alejarán el buen discernimiento para buenas determinaciones. Quizás ver el proceder de la iglesia en sus primeros siglos nos puede dar una muy buena línea de conducta, sobre todo por la motivación con la que hacían las cosas. En esos días también había la posibilidad de revueltas, de pequeñas guerrillas, y los creyentes en  general nunca optaron por la rebelión armada, aunque dejaron bien  en claro que no obedecerían a sus gobernantes si ellos pretendían regir en contra de Cristo. Valdría la pena pensar un poco más este asunto, pero el creyente debe discernir las cosas que dañarían la vida, honra y bienes de forma directa, de lo que es un mal indirecto. Es decir, que el creyente  debe saber distinguir lo que corresponde a aquellas políticas de parte de los gobiernos, como cuando de manera directa los judíos fueron blanco del gobierno alemán, de lo que es un perjuicio indirecto. Aquí, en palabras de los apóstoles, insubordinación debe ser vista como algo diferente a rebelión armada.

2. La Oración Perseverante
Que la iglesia no tenga el derecho ni el deber de la militancia política (puede profundizar este tema aquí), no significa que no pueda involucrarse a la manera divina. La oración corresponde al espectro de sus responsabilidades. La continua oración y ruego por aquello que están en eminencia es un deber de todo creyente y de todas las iglesias de Jesucristo. Esto jamás debe verse como una reducción de nuestros deberes ni debe disminuir nuestro ánimo, a menos que pensemos que nuestra militancia es más efectiva que el obrar de Dios en los corazones de los hombres y en el designio de las naciones. Para los creyentes que cuestionan ¿Solo obedecer y orar?, les preguntaría si en verdad hemos sido el tipo de ciudadano luz en el mundo y de oraciones acordes a las demandas de los eminentes. Cada cristiano debe confesar que ni siquiera hemos puesto a rodar los métodos de Dios como para saber qué tanto efecto pueden tener y concluir que no sirven. Hemos sido débiles cristianos, de testimonio tibio y oraciones frías.

¿Podemos orar de manera imprecatoria por los gobernantes? Las oraciones imprecatorias en la Biblia tienen su razón de ser, pero no por lo que a veces deseamos. Estas fueron reservadas cuando al reino de Dios, el pueblo de Dios y la causa de Dios fueron puestas en estrecho y había peligro real de un daño irreparable. No se trataba de orar pidiendo la destrucción de los gobernantes cuando aumentaban los impuestos o no daban al ciudadano condiciones favorables. Sin embargo, recordemos que como iglesia tenemos labores singulares a favor de estos tiempos, que son los tiempos de la paciencia de Dios para salvación. ¿De qué serviría un gobernante muerto si no es salvo y si en su lugar se levanta otro igual? Quizás pudiéramos orar con más dirección según lo que Dios nos ha ordenado, para que vivamos quieta y reposadamente, y rogando que los misteriosos planes de Dios se lleven a cabo para beneficio de Su causa. Recordemos que bajo una hambruna Dios preservó y aumentó una familia, que bajo la esclavitud en Egipto Dios levantó un Moisés, que bajo el absolutismo romano, Dios levantó al Cristo. No  sabemos lo que Dios está logrando en la manera que Él dirige al mundo, pero confiamos en su soberanía más que en nuestro sentidos. Orar promueve la voluntad de Dios y ella es agradable y perfecta.

3. Vida Piadosa
Cuatro testigos de manera clara y explícita nos afirman que hace arte de las responsabilidades cristiana frente a la autoridad civil, presentar una manera de vivir muy alta, santa y piadosa: Rom.13:3, 7-8; 1 Tim.2:2; Tit.3:1-2; 1 Pd. 2:13-17. Creyentes quieren ver en  sus gobiernos, impíos, lo que ellos aun como cristianos no están dispuestos a hacer. Esto sí que es una contradicción. Deseamos ayuda al necesitado, buenas condiciones, buena administración, que no exista corrupción. Muchos creyentes en sus familias, en sus propias iglesias y en sus trabajos, son tan negligentes que hacen a su medida lo que el gobernante corrupto hace a la suya, dándonos a entender que la única diferencia que hay entre el uno y el otro es la posición que ocupan en el mundo, no sus motivaciones ni su ética. Los cristianos debemos mostrar al mundo que existen otros valores, unos más altos que aquellos que maneja el mundo y la vida política. Pero lo ha de hacer,  principalmente por medio de su manera de vivir.

Sí que debemos hablar, ir a través de todos los recursos legítimos, pero jamás se nos olvide que somos ciudadanos,  primeramente de otro reino, y que es esta la ciudadanía que más ha de pesar y dejarse ver. No conseguimos muchos si denunciamos los ídolos modernos que promueven la  cultura y la política si nosotros ya estamos postrados a ellos. Por ejemplo, en vano cristianos marchan porque no se cambien los paradigmas de la familia tradicional si ellos mismos son los que dejan que sus hijos los críe el estado, si nuestras familias no observan la constitución y roles bíblicos. En vano nos pronunciamos contra el aborto si al final las familias cristianas también tiene reservas para con la procreación y prefieren no tener hijos. Hablamos de creyentes viviendo para buscar solo su propio beneficio sin ninguna consideración ni solidaridad con otros. Esto es más evidente cuando cristianos promueven a otros cristianos al gobierno con el fin de que les favorezca de manera particular. Coma apunta un autor: “Estamos hablando del clientelismo y oportunismo de los evangélicos que procuran sacar ventaja personal y colectiva a sus representantes en el congreso” (Ibid). ¿No es lo mismo que hacen los demás?

Como ve, al llegar a las responsabilidades, el dedo que en un comienzo habíamos usado para señalar las estructuras temporales, se vuelve contra nosotros y nos presiona. Que el Señor nos conceda gracia y conocimiento para andar en esta patria mientras avanzamos hacia la nuestra, la que verdaderamente es nuestra.

POR LA SUPREMACÍA DE CRISTO EN ESTA GENERACION

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Se desea a través de este blog, expresar el pensamiento bíblico coherente, y más cercano a la confesionalidad histórica y reformada y aportar para la aplicación de ella en la vida cristiana, pero no avalamos lo que en contradicción a la fe reformada histórica algunos de los autores hagan o vayan a hacer en un futuro

A Dios sea la goria.