sábado, 7 de julio de 2018

MUÉSTREME EL VERSÍCULO QUE DICE QUE...


La Importancia de la hermenéutica bíblica
Por J.E. Castañeda

Sin duda que para quien por mucho tiempo fue maltratado en iglesias que se profesaban cristianas, donde se les adiestró a seguir sin cuestionar la voz de sus líderes, y que ha venido a la luz del conocimiento verdadero del Señor Jesucristo, se mostrará muy celoso ahora para hallar el fundamento bíblico de todo lo que hace. Su temor a ser otra vez manipulado por los hombres, le ha traído un celo que debe ser característico de todo hijo de Dios, haya sido o no maltratado en experiencias anteriores. Si bien, reconocemos la instrumentalidad de los líderes para las iglesias en los planes de Dios mismo para Su iglesia, reconocemos que su autoridad se deriva de la Palabra de Dios y no es de ellos mismos. En otras palabras, la gloria que rodea el liderazgo bíblico es en guiar al pueblo de Dios sobre el fundamento de las Escrituras y no sobre sus propias opiniones o pensamientos. De hecho, es la Palabra de Dios el medio por el que nuestro Señor Jesús pastorea a su pueblo. Esto ha sido así siempre y solo las iglesias defectuosas truncan este principio y resultan siendo guiadas por la palabra de sus lideres a costa de subordinar la Palabra de Dios.

Aunque, en otros casos, el asunto es distinto. Muchas personas y grupos, desean seguir sus propios deseos y usan la Escritura para avalar sus excentricidades o novedades teológicas. Para ellos, la misma Biblia será la materia prima para dar forma a sus ideas erróneas que luego, sin duda, se convierten en herejías destructoras. El punto es el mismo, aunque hayamos llegado por vías distintas. Es el subordinar la Biblia al hombre y en esta ocasión, subordinar las Escrituras para que ajusten perfectamente a ese sesgo doctrinal que les conviene a su ya establecida manera de ver las cosas y vivir.

Un acercamiento correcto
Si bien reconocemos y enseñamos precisamente el gobierno divino a través de la Palabra de Dios, reconocemos que acercarnos a la Biblia de cualquier manera, no corrige los excesos y nos vuelve a dejar en el mismo problema, rigiéndonos por un hombre, pero esta vez ese hombre somos nosotros mismos. Reaccionamos de una manera incorrecta, pues por salirnos de la manipulación de las Escrituras por líderes inescrupulosos, o  por querer afirmarnos en nuestras doctrinas e ideas de forma obstinada, nos acercamos a la Biblia desconociendo su propia hermenéutica y ahora quienes la manipulamos para nosotros mismos, somos nosotros. De nuevo, la Biblia subordinada y arriba de ella, la voz de los hombres.

Existe un fenómeno bien particular en nuestro acercamiento a la Biblia, que se ha acrecentado por la multiplicación de entidades teológicas que han aprendido sus principios del mundo y no de la Palabra de Dios, y es, que aun cuando en el mejor de los casos se reconoce que la Biblia es inspirada por Dios, infalible e inerrante, los principios de interpretación bíblica son traídos de la lógica humanista y del razonamiento filosófico. Eso nos deja con una Biblia inspirada pero interpretada humanamente, destruyendo el Sagrado libro para nosotros. Este problema se deriva de no ser conscientes que la misma Biblia usa su propia hermenéutica, la Biblia misma tiene una manera en que razona, que nos llama a interpretarla de tal manera. Muchos intérpretes de la Biblia imponen y encierran la Biblia en sus postulados filosóficos y no honran la Palabra de Dios esquivando estudiarla bajo Su propia hermenéutica. Exactamente lo que acabo de asegurar es que la misma Biblia nos provee los principios de cómo la debemos interpretar y que no necesitamos la lógica filosófica ni la hermenéutica racionalista para acceder a su bello y útil significado.

La Analogía de la fe
Uno de los principios que la misma Biblia usa para interpretarse a sí misma se ha denominado “La Analogía de la fe”. Ahora. No importa el nombre que se le dé, el concepto mismo, llámele como le llame es profundamente bíblico y la Biblia lo usa continuamente para mostrarnos su  significado. El principio hermenéutico llamado la Analogía de la fe, viene como una consecuencia de creer en Sola Scriptura. La regla general de la Analogía de la fe dice que la Escritura debe interpretar la Escritura o que la Escritura se interpreta a sí misma. La presuposición fundamental es que sólo hay un sistema de verdad o una teología en la Escritura, y por lo tanto cada doctrina debe ser consistente con cada otra doctrina. La interpretación de un pasaje específico no debe contradecir la enseñanza general de la Escritura sobre ese tema, eso sería quebrantar as Escrituras. La Analogía de la fe presupone que tenemos en la Biblia una unidad orgánica, un Tomo, donde detrás está un solo autor, el Espíritu Santo, por lo que cada parte de la Escritura, está de acuerdo con toda la verdad expresada en ella. La Biblia no se contradice, no se corrige, no se traiciona a sí misma y por eso, se puede y se debe interpretar la Biblia con la Biblia misma. Le dije que así razona la Biblia y déjeme poner un ejemplo.

‘Las Escrituras no pueden ser quebrantadas’ (Jn.10:35). Este es un pasaje donde es necesario atender al razonamiento que el Señor Jesús está presentando frente a los judíos allí en Jerusalén. El Señor en el v.30 afirma que Él y el Padre son uno. Por supuesto que quienes lo escuchaban reaccionaron buscando apedrearlo. ¿Cuál era la acusación? Blasfemia, el v.33 afirma: ‘Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios’. Y ahí va la respuesta del Señor. Si en Sal.82:6 Dios llamó dioses a aquellos que lideraban al pueblo, a aquellos que administraban la Palabra de Dios para otros, ¿Por qué no puede decir que es Hijo de Dios aquel que ha sido santificado por el Padre, cuando es evidente que sus enseñanzas y poder lo certifican? Si la Biblia le llamó dioses a débiles hombres que eran exhortados aquí, ¿Por qué no a aquel que era santo, justo y poderoso? Pero note la defensa del Señor en qué se basó: ‘Las Escrituras no pueden ser quebrantadas’. En otras palabras, la Palabra no puede chocar, no puede contradecirse, quebrantarse a sí misma. La Palabra de Dios tiene congruencia consigo misma.

Ahora, es precisamente lo que la expresión, tomada de Romanos 12:6: ‘De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe’, puede bien usarse para mostrar la regla que aquí enfatizamos. En épocas cuando la Palabra de Dios estaba siendo revelada y en la iglesia aún existía ese don de profecía, el apóstol ordena la medida en la que este don debería ser usado: ‘conforme a la analogía de la fe’, o medida o norma, relación correcta o congruencia de la fe. Lo que indica que las revelaciones tenían una norma para aceptarse: si iban de acuerdo al cuerpo de doctrina o fe, antes dada. “Por la palabra fe, se entienden los primeros rudimentos y las máximas principales de la religión, y, por consiguiente, toda doctrina que no esté de acuerdo con esto debe ser declarada falsa y reprobada” (Calvino, Comentario a la epístola a los Romanos).

Muéstreme el versículo
Seguramente la intención de encontrar en la Palabra de Dios, en versículos claros y directos, un principio o doctrina, es algo que deberíamos esperar del Sagrado Tomo, teniendo en cuenta que una de sus características es su perspicuidad (claridad). Sin embargo, al reconocer que, tanto las doctrinas como los principios en la Biblia están inmersos en sus respectivos contextos, muchas doctrinas y principios solo van a ser reconocidos y entendidos por enseñanzas amplias de toda la Escritura, Biblia interpretando Biblia, Biblia comparada con Biblia, donde a un versículo le será necesario interpretarlo a la luz de todo el consejo de Dios y donde no nos neguemos a poner después de cada texto: “escrito está también”, de lo contrario, esa búsqueda de versículos aislados para encontrar una doctrina o un principio, desembrará el cuerpo de doctrina.


Esa hermenéutica de buscar “el” versículo para cada cosa, y no la enseñanza de cada asunto, puede ser llamada letrismo o superliteralismo que surge como una manera de proteger las Escrituras de ser contaminada por ideas humanas, pero lleva su motivación a un lugar de error. Bajo este pensamiento, solo se acepta como doctrina o principio, lo que literalmente esté prescrito en la Biblia y avanzando más en esta idea, solo lo que esté prescrito específica o explícitamente en el Nuevo Testamento. Así, el creyente del Nuevo Pacto solo debe someterse a lo que sea explícito y particularmente explícito en el Nuevo Testamento. Este error llega al extremo de acorralar la ética bíblica en un extremo peligroso y muy común en ciertas personas hoy que reclaman que se les muestre el versículo explicito donde tal o cual cosa está prohibida. Así, si usted no puede mostrarles el versículo que hable del asunto, explicita y literalmente, expugnarán cualquier intento de establecer una doctrina o ética basada en los principios generales. Esta hermenéutica de desmembración ha sido usada por alas antinomianas para negar la validez de los principios de la ley de Dios, el decálogo, sobre los cristianos del Nuevo Pacto.

Por supuesto que un acercamiento así a las Escrituras tiene al menos dos obvios errores. El primero de ellos es que desconoce la utilidad del Antiguo Testamento para los creyentes del Nuevo. Si bien, reconocemos, bajo las enseñanzas del Nuevo Testamento, que asuntos de leyes ceremoniales cumplidas y abolidas por Cristo, no aplican para el creyente del Nuevo Pacto, ¿Qué hacemos con los principios detrás de estas leyes? ¿Qué hacemos con los ejemplos que podemos derivar de las secciones narrativas del Antiguo Testamento? ¿Qué hacemos con los Salmos y Proverbios? ¿Qué de los principios morales cuya enseñanza se puede sustentar bajo los dos testamentos? ¿Qué de la amplia teología que de Dios nos dan los profetas mayores y menores y de la justicia, perdón y restauración tan frecuentes en ellas? ¿Acaso no dijo Pablo que Toda Escritura es inspirad por Dios y útil para el hombre de Dios y que lleva a Cristo hablando del Antiguo Testamento? Aun, si un principio o norma no estuviera explicita en las páginas del Nuevo Testamento, eso no quiere decir que, bajo los principios obvios de tener una Biblia y no tan solo un Testamento, no podamos sacar doctrinas o normas para nosotros hoy.

El segundo error obvio es que desconoce que las enseñanzas de la Palabra de Dios, sea en doctrina, sea en ética, se encuentran claramente explícitas o necesariamente implicadas. Miremos el clásico ejemplo de la Trinidad. Muchos unitarios o arrianos piensan haber ganado la guerra exigiendo una respuesta a la demanda de: “Muéstreme el versículo que diga la palabra Trinidad”, o “muéstreme el versículo donde se enseñe que Existe un Dios en tres personas”. Tal versículo no existe, pero eso no quiere decir que la doctrina, derivada de expresiones específicas de la deidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la necesaria implicación al no haber más que un Dios y tres personas distintas, podemos sin temor ni error, hablar de la doctrina de la Trinidad. Y en esto, aunque para algunos esta palabra esté vedada o la consideren peligrosa, al definir las enseñanzas de la Biblia, se está haciendo Teología. El ejercicio teológico es legítimo si viene como producto del estudio de la Biblia, pero es completamente ilegítimo si lo que se hace es tener doctrinas y se busca en la Biblia como respaldarlas. Siempre el ejercicio legítimo será inverso, escuchamos la Biblia en  sus principios, ejemplos, layes y en sus necesarias implicaciones y de allí, derivamos nuestra teología.

El letrismo o superliteralismo es un error en la manera de concebir cómo la Biblia nos da su mensaje. Difícilmente hallaremos una doctrina clara y básica que se apoye en un solo pasaje de las Escrituras. Por lo general, todo lo que necesariamente han de saberse, creerse y guardarse para salvación, se presenta y expone tan claramente en uno u otro lugar de la Escritura, que puede aplicársele el principio de la analogía de la fe. Aunque no ha de inferirse de esto que ninguna declaración específica de las Escrituras sea autoridad a menos que esté apoyada por otros pasajes paralelos (hermenéutica de la balanza o de la mayor cantidad), el peso de un solo versículo, bien  interpretado, no es menos que cien de ellos bien interpretados. Tanto uno como mil, son Palabra de Dios y normativa. Esto nos lleva a concluir que a menos que algo esté claramente contradicho o excluido por la analogía de la fe, o por alguna otra declaración igualmente explícita, una declaración positiva de la Palabra de Dios es suficiente para establecer un hecho o doctrina. Por ejemplo, en Hb.9:11-13, es claro que la misma Biblia deroga los sacrificios animales y aquí, la misma Biblia afirma tal abrogación por un mejor pacto.

El deseo de tener la Palabra de Dios como fundamento es un imperativo, pero no tener Biblia para mis doctrinas sería igual que tenerla al interpretada. Nuestro acercamiento a la Palabra de Dios debe ser honrando su propia hermenéutica y bajo ella, el “muéstreme el versículo”, no es coherente con su contenido. Más bien deberíamos discernir si tal o cual enseñanza es una fiel a las enseñanzas de la Biblia como un todo, porque toda ella es Palabra de Dios, y en labios del Verbo, las Escrituras no pueden ser quebrantadas.

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