domingo, 6 de agosto de 2017

CAUSAS COMUNES

Por Jorge E. Castañeda

Parece que una de las realidades mundiales que están cambiando, es la forma como la sociedad civil ordinaria, el ciudadano común, hoy puede afectar más directamente la vida política de su país. Acciones cívicas y sociales, se pueden poner en marcha más fácilmente por gente del común perteneciente a una sociedad que tiene acceso cada vez más a los medios de comunicación y redes sociales. Por supuesto que, como toda realidad social, no es perfecta y asuntos buenos y malos vienen como su consecuencia.

Esto también ha dado a luz, de forma más visible por lo menos, la participación ciudadana en causas comunes con otros individuos. Podemos apreciar un grupo de vecinos, distintos en profesiones y condiciones, unirse para reclamar por mejores alcantarillados, vías de acceso y valorización de sus predios. Somos testigos de uniones de fuerza de distintos sectores de la sociedad con su diversidad inherente para resistir una decisión política o hasta al gobierno mismo. Son contingencias sociales y hasta allí no hemos dicho nada ajeno a las realidades que vivimos hoy, si no es que a las que se han vivido de mayor o menor manera en cualquier sociedad en la historia.

Existe un desafío de no poca envergadura y es la participación cristiana en los asuntos sociales. Este punto en sí, tiene demasiadas aristas que hacen que, una respuesta simple, no cubra todos los flancos posibles. Si bien se reconoce al cristiano como perteneciente a dos reinos, bajo los cuales él desarrolla su existencia temporal, a saber, su ciudadanía terrena donde tiene obligaciones y privilegios adjuntos y su ciudadanía celestial donde de la misma manera, incorpora realidades espirituales reales y serias, él vive simultáneamente bajo ambas y esto le demandará dar cada paso con sabiduría singular.

Pero existe un desafío que quizás no hemos ponderado lo suficiente, donde evidenciamos algo o mucho de la confusión en resolver el primer asunto con claridad y es la cuestión de los cristianos, trabajando bajo causas comunes con individuos que profesan otras religiones, donde discrepamos lo suficiente en lo doctrinal. Una salida rápida ha llevado a muchos cristianos a resolver el asunto bajo el lema de “unidad bajo las diferencias” en causas comunes. Allí cada cristiano es confrontado con realidades como la agenda (cuando no la dictadura) homosexual, el aborto, la eutanasia, y otros problemas morales donde, al parecer, tenemos intereses comunes con aquellos que profesan temer a Dios y amar al prójimo. Se afirma que es una salida rápida porque adolece de consideraciones bíblicas, siendo más bien pragmático en su proceder y quisiéramos pensar que los cristianos estamos interesados no solo en los fines sino en los medios legítimos (entiéndase aquí bíblicos) para alcanzarlos. Así, fruto de este pragmatismo y confusión, no solo vemos, sino que seguiremos apreciando, un creciente numero de pastores, líderes religiosos, sentados en una especie de ecumenismo, no doctrinal, claro, como afirmarían ellos, sino para promover mejoras bajo causas comunes sociales que nos afectan a todos.

La confusión no se deja esperar. Este pragmatismo no solo minimiza algunas exhortaciones bíblicas al apoyo en causas comunes con los que aborrecen a Dios, como fue el caso de Josafat cuando ayudó al rey impío Acab en una guerra y fue reprendido duramente por el profeta cuando lo hizo, sino que llega a redefinir en la práctica la naturaleza de la iglesia, sus propósitos y las armas de su milicia y hasta comprometer su pureza misma, todo puesto en riesgo bajo la búsqueda de la justicia y moralidad en la sociedad. Parece que el bien social es suficiente para arrojar a los cristianos a manejar un discurso claro y contundente de las doctrinas solo dentro del grupo reducido de la iglesia, pero que tales lineamientos doctrinales, deben ser reprimidos, si de buscar el bien común social se trata. Allí, deben ser escondidas o depuestas, o al menos contenidas las doctrinas de la primera tabla de la ley, las definiciones claras doctrinales con sus implicaciones, y de alguna manera extraña, uniéndonos con otros en causas comunes sobre una segunda tabla de la ley depurada, limada y amputada, con los que se identifiquen así con esta ética desligada de su contexto doctrinal, por no decir, de su ligazón teológica de donde surge la ética verdaderamente bíblica. Entonces, solo bajo verdades mitigadas podemos trabajar y darnos la mano con otros. Es una peripecia acrobática riesgosa, pero es lo que se está haciendo una parte de los líderes cristianos hoy.

Sin duda que no está prohibido que un creyente, en virtud de su ciudadanía en la tierra, participe y aproveche todos los recursos legítimos que le ofrece su constitución. Pero su participación debe ser otra, cuando es convocado, no como ciudadano común, sino como cristiano, como quien pertenece al cuerpo místico de Cristo por la fe, como quien enarbola una particular creencia, una ética distintiva en su fundamento y expresión que no puede separar del señorío de Cristo bíblicamente definido, a distinción de la demás sociedad. Más aun, cuando es convocado por otros individuos, no como ciudadanos, sino como parte de sus propias religiones. Socialmente podemos hablar de causas comunes. Desde una perspectiva temporal y cívica podemos identificarnos en deberes y derechos, pero bajo la perspectiva de nuestra fe particular, las causas comunes solo existen dentro el cuerpo de Cristo y están rigurosamente señaladas por la Biblia. La ética común solo existe bajo los que viven la fe en el Hijo de Dios, pues la justicia (Su andar delante de los hombres) es producto de su piedad (Su andar delante de Dios) y no un simple moralismo, y además, conlleva otro fin que el vivir bien y es la gloria de Cristo, Dios-hombre, único y suficiente mediador y redentor.

En otras palabras, es distinto ser convocado como ciudadano a un ejercicio cívico, como por ejemplo el voto, y posiblemente allí coincidir con otros ciudadanos, independientemente su filiación religiosa, votando por el mismo candidato. Allí, por así decirlo, tuvimos causas comunes y nos identificamos con ellas al nivel de ciudadanos bajo los lineamientos de nuestro gobierno. Pero si, por ejemplo, la iglesia católica llama a los cristianos evangélicos, junto con otros grupos religiosos a la unidad en causas comunes, ya no es un llamado como ciudadanos meramente, sino que el ámbito ha cambiado, la naturaleza del asunto no es pues, contar con los evangélicos como meros ciudadanos sino como pertenecientes a una comunidad religiosa particular, distintiva y a un dialogo común con otros individuos, no como meros ciudadanos sino como parte de su fe particular.

Y allí está el peligro. Estos líderes evangélicos que frecuentan las causas comunes con otras religiones, no fueron convocados como meros ciudadanos, de lo contrario quizás jamás hubiesen sido tenidos en cuenta, sino como líderes religiosos generadores de influencia, casi que como representantes del cristianismo evangelio. Su participación es importante y estratégica en esos círculos en la manera que sean líderes religiosos y no solo ciudadanos. Esto es bastante obvio porque si se observa bien, cuando ellos son convocados o entrevistados, no se afirma que allí o aquí está el ciudadano A o B, sino el pastor A o B y de lejos se puede corroborar en qué condición fueron convocados a dichos encuentros ecuménicos. Es triste ver a dichos lideres evangélicos hablar en plural, involucrando la iglesia a su antojo en activismo social, recomendando a los cristianos pasar por alto o reprimir estratégicamente algunas doctrinas distintivas, bajo el “loable propósito” de causa comunes, confundiendo así y pasando por alto, dicha distinción necesaria.

Con esto queremos decir, para poner un ejemplo, que dos individuos pueden aunarse para llevar a cabo una iniciativa en su empresa para mejorar las condiciones laborales. De hacerlo, lo hacen como parte de esa empresa, bajo los lineamientos legítimos de la constitución de un país y de seguro, cada uno desde su perspectiva moral particular. Pero al ser convocados como cristianos a cualquier actividad, otros como musulmanes, otros como católicos romanos, etc, la naturaleza cambia, pues no somos convocados como meros ciudadanos, de lo contrario la filiación religiosa no sería necesaria. Entonces unirnos en causas comunes solo se haría en detrimento de la pureza distintiva del cristianismo donde se prohíbe juntarse en yugo desigual con los impíos porque con ellos no tenemos ninguna comunión, entiéndase ninguna (Tal y como jamás habrá comunión entre Cristo y Belial). De manera que tener líderes religiosos, en su calidad de pastores o líderes espirituales, unidos con otros líderes religiosos en calidad de ello, bajo causas comunes, es una perversión evidente ya sea de confusión, de liviandad doctrinal o pragmatismo pleno.

Bien lamentable es que dichos líderes religiosos, aprovechando su influencia, estén redefiniendo para el mundo actual lo que es la iglesia, sus propósitos y las armas de su milicia. Que estén dispuestos a tomar de la mano, en su calidad de cristianos y líderes, a otros que niegan la fe bíblica, porque el bien común lo vale. Seguramente algunos de ellos, no dudarían en tomar la mano de quien fuera, si con eso consiguen la paz y justicia del mundo. Ese ofrecimiento ya fue hecho y el Segundo Adán lo rechazó. La historia tampoco ha dado muy buen testimonio de estas uniones, muchas veces desembocando en viles contubernios estratégicos y hemos tenido que lamentar, cuando menos, la confusión del llamado evangelio social, y cuando más, la venta hasta de las doctrinas distintivas del cristianismo.

Puede ser que en el fondo subsista una gran desconfianza en el evangelio, aun mayor que el pragmatismo que muestran, que lleva a muchos a apoyarse en la fuerza del brazo del hombre, en sus carros y caballos, en lugar de confiar en el poder del evangelio del cual se da testimonio, que es poder de Dios. Quizás hayamos encontrado un atajo a la alternativa de ampollar nuestras rodillas pidiendo al Señor más del Espíritu de gracia para trastornar el mundo. Pues recordemos que de los cristianos se dijo tal cosa, no por haberse tomado de la mano con los judíos, judaizantes, herodianos, o paganos de su época en causas comunes, sino por la predicación del evangelio en el poder del Espíritu y el testimonio piadoso de una vida verdaderamente regenerada.

1 comentario:

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