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viernes, 16 de junio de 2017

PERDIENDO LA BATALLA DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, DESDE NUESTROS HOGARES

Por: Jorge E. Castañeda D

Sin duda que la batalla de la implementación de la ideología que promueve la desfiguración del diseño de Dios del sexo y de la familia, está al rojo vivo. Es una lucha que representa grandes inversiones depende el ángulo de donde se mire. Como toda guerra es costosa, hay bajas de parte y parte y se gana o se pierde terreno. Pero es una lucha que con sabiduría y, apegados a los métodos divinos, los creyentes debemos dar, así como también damos razón de nuestra fe en otras áreas igual de importantes donde se desfigura la voluntad de Dios para Su mundo.

Pero me temo que, aunque estamos aprendiendo a ser fuertes en el plano argumental y teórico de esta lucha, estamos cediendo mucho terreno en el ámbito práctico y experimental, casi que cooperando en abrir un hueco en nuestros muros de protección que afirmamos proteger. Claro, sin quererlo, porque nuestro deseo es que todo pensamiento se subordine y sea llevado cautivo a la obediencia a Cristo, pero al final del día, la grieta se ha vuelto más grande y dentro de no muy poco tiempo, vamos a lamentar que el enemigo haya tenido la capacidad de leer muy bien nuestras debilidades y se haya aprovechado de ellas, si no es que ya lo está haciendo. De ninguna manera se da a entender que la lucha no debe darse en el plano de las doctrinas, de las ideas, de los argumentos, pero esta lucha resultará insuficiente si como hijos de Dios y representantes de los intereses divinos, no cerramos filas y somos consecuentes con lo que promulgamos.

Déjame explicarlo así. Pedrito es un jovencito que regularmente va a una iglesia. Sus padres son creyentes de hace muchos años y participan del liderazgo en la iglesia. Pedrito es continuamente bombardeado por la música, las películas, los contenidos académicos, amistades, para pensar contrario al diseño de Dios: hombre-mujer, y para redefinir el concepto de familia, como papá, mamá e hijos. Este jovencito cada día enfrenta una avalancha, literalmente hablando, de redefiniciones, nuevos significados y nuevas en este tema y Pedrito ha aprendido por instrucción paterna a ser firme al respecto, ha sido instruido que la Palabra de Dios señala Su voluntad y que no debe contradecir las Escrituras porque eso sería pecar gravemente.

Pero Pedrito, a su corta edad, ha visto que buena parte de los hombres de la iglesia donde va, no son los lideres piadosos de su hogar, que no asumen su rol como el que se les enseña en la iglesia. Ha tenido que ver como la norma, que las mujeres abandonan su rol hogareño para “desarrollarse” como mujer por fuera de su hogar y que, si no son las proveedoras, al menos son coo-proveedoras. Ese es su caso, pues mamá ha salido a trabajar por los compromisos económicos adquiridos y ha sido criado por mujeres que van desde su abuela hasta sus tías o hermanas de la iglesia. Las amistades de su edad, pasan, como él, la mayor parte del tiempo criándose a la distancia o a través de Whatsaap. Cada vez más ve que la gente soltera de su iglesia, por elección propia, prefiere la soltería y evitan a toda costa asumir un compromiso de matrimonio, además que tiene mucha prevención con eso de la procreación. Ha escuchado a muchas mujeres aconsejar a las nuevas parejas que no tenga hijos o no durante algún tiempo y que cuando los tengan, que se los deje a la abuela para no dañar su carrera u ocupación. Mucho de la organización de la iglesia a donde va, es llevado por mujeres, mientras los varones se anulan para el servicio cristiano. Sin embargo, la iglesia se pronuncia en contra de la confusión de géneros, de roles y de la familia, y hasta ha apoyado las marchas de protesta frente al gobierno.

Es suficientemente capaz de ver que aquellos que abanderan la defensa de la familia para la sociedad, son los sacerdotes que no se casan ni engendran hijos legítimamente, y que entre los que defienden la familia, están mujeres que, para defender el modelo de familia, han abandonado su rol distintivo prescrito por la Palabra de Dios y sus propios hogares. Desde que entró al jardín infantil, ha tenido mujeres como maestras, en la escuelita dominical de su iglesia es igual y parece que en su bachillerato y seguramente en su universidad las cosas van a cambiar muy poco, será enseñado los próximos 20 años por mujeres, la mayoría de ellas no creyentes o no ajustadas a su rol. Muy seguramente en pocos años, cuando por convicción personal Pedrito se case, teóricamente sabrá argumentar en contra de todos los males que acechan a la familia, pero repetirá la historia en su propio hogar, porque aprendió a definir las cosas de acuerdo a la practica en la que creció y lo que fue su experiencia más común.

Y es aquí cuando afirmamos que los cristianos, de manera demasiado ingenua y no solo por omisión sino por acción, en el campo de la práctica y la experiencia, estamos cooperando de forma dramática a abrir el muro que los enemigos de la Biblia desean abrir por la imposición de sus ideologías. Tenemos ya casi dos generaciones que se han levantado sin una idea clara ni una práctica legitima de lo que es la familia, los roles distintivos entre hombre y mujer, y dichos roles puestos en casa, en la iglesia y en la sociedad. Aceptémoslo, los creyentes a veces tenemos ese tipo de familia según las necesidades y molde de la época, pero no el que enseña la Palabra de Dios. Tenemos ya excusas estandarizadas para justificar nuestra organización familiar moderna, aunque no le damos ese nombre. Estas generaciones, cada vez se casan menos, huyen de la procreación y mucho más de la maternidad definida por la Biblia. Los varones tienden a feminizarse en la práctica o en su elección más sabia, prefieren quedar al margen de las responsabilidades de una familia con todo lo que eso implica.

Mientras tanto, en la “Ciudad del pecado”, no solo en el ámbito de las ideas sino en el de la práctica, las familias ya están redefinidas, los roles ya están lo suficientemente desfigurados, las distinciones naturales entre unos y otros ya se están borrando con eficacia, no a fuerza de ideologías sino de prácticas. Los hijos de Sión podemos seguir dando la palea en el plano argumental, en el plano teórico, sacando diestramente aquellos versículos que van en contra de las ideologías perversas, y simultáneamente estar perdiendo terreno en nuestros hogares e iglesia y dejando este terrible legado a nuestros hijos, si es que los tenemos.

Por lo que será necesario que en verdad seamos consecuentes y que reflexionemos acerca de una defensa radical de la voluntad de Dios partiendo desde nuestras familias. Algunos tristemente asumen que son las protestas sociales, las marchas, las firmatones y demás herramientas civiles, las que traerán una solución. Sin desconocer que aquellos instrumentos legales alguna ayuda traen, ni corresponden al ámbito de las armas de la milicia que  tiene la iglesia ni van al fondo del problema. Es decir, otro de los problemas con las marchas, arengas, cacerolazos, y más, no es que vayan muy lejos atacando el problema de la confusión de género y familia, la verdad es que se quedan cortos a la hora de presentar un frente solido contra la perversión. ¿Cómo pudiéramos en verdad reparar las grietas y sostenernos firmes frente a la embestida de estas ideologías mientras también ganamos terreno en el ámbito argumental? Déjeme por favor sugerir un camino, que no se ve espectacular, pero no por eso deja de ser efectivo y que representa mejor la voluntad de Dios.

1. Honre el matrimonio. No solo hablando bien de él, sino viviendo el suyo de acuerdo a la Palabra de Dios, sin violar sus votos. Hebreos 13:7 exhorta que al matrimonio debe ser objeto de honra en todos. Cuide sus conceptos y palabras cuando se refiere al matrimonio frente a su propio cónyuge, frente a sus hijos, hermanos de la iglesia y gente no creyente. Alabe la virginidad como un don irremplazable para llevar al matrimonio. Vigile, trabaje y exhorte a que la única salida para abandonar la soltería es el matrimonio y no el noviazgo ni mucho menos la unión libre. La exhibición de un matrimonio legitimo viviendo bajo la voluntad de Dios, es la forma de protesta y contradicción más grande para la ideología perversa, además que una de las armas más instructivas que tenemos a la mano.

2. Recomiende a los solteros el matrimonio en el Señor y la procreación. Si hay algo desconcertante es que mientras Dios vio que el matrimonio, junto con la procreación, eran “buenos en gran manera”, algunos creyentes aconsejan evitarlos. Alabe el matrimonio como expresión de la voluntad regular de Dios para los seres humanos, siendo sensible a providencias específicas de los dones de continencia. Alabe la maternidad legitima, apoye la maternidad dentro del matrimonio. No puede ser que parejas gays anhelen más el matrimonio y el tener hijos que los mismos hijos de Dios. Este deber se les dio al hombre y a la mujere, desde el Edén, antes de la caída, en el contexto de su matrimonio.

3. Esfuércese por mantener los roles distintivos en su familia, no por teoría sino en la práctica. Seguramente será necesario volver a la sencillez de las Escrituras cuando enseñan la composición básica de una familia y sus roles distintivos. Hay un precio que pagar, pero no desdibuje en la práctica lo que dice defender en teoría: Que hombres y mujeres son distintos, luego, si usted es consecuente, ellos no hacen las mismas cosas en el mundo de Dios pues Él dio a cada uno su oficio y papel dentro de la familia y sociedad. No huya de esto, enfréntelo con la abnegación de un discípulo de Cristo.

4. Críe sus propios hijos en el Señor. Un hijo de Dios debe tener muy buenas razones para enviar en su tierna infancia y juventud a un hijo suyo a las instituciones que, por el deber del cumplimiento de su pensum, contaminarán la mente de sus hijos y les darán un modelo equivocado de lo que es ser hombre, mujer y de lo que es una familia. A veces no hay más opción, pero en muchas ocasiones, con verdadero amor abnegado y bajo la capacidad que da el Señor, podemos fortalecer la mente y los conceptos de nuestros hijos sin exponerlos a la institucionalidad educativa, para que cuando se enfrenten al mundo por ellos mismos, lo hagan con criterio y bajo una tradición familiar tan sólida que ninguna ideología pueda revertir.

5. Muestre que la institución de la familia, sin ser perfecta, puede perseverar bajo la guía de Dios. Las familias de los cristianos no son perfectas, pero donde hay verdadera fe, la desintegración de la familia no será una opción. Así que muestre que los errores de la familia no nos deben arrojar a su desaparición sino a su restauración bajo la gracia de Dios. Luche por su matrimonio, por la armonía, por la comprensión. Muestre que hombres y mujeres somos distintos y que así Dios nos hizo, pero que la solidéz de un pacto ante Dios y el amor por el cónyuge se sobreponen al pecado y a los conflictos que surgen de este.

6. Exhiba ante la sociedad su familia, no deje que los centros comerciales, restaurantes y parques, sean tomados por individuos que desfiguran el plan de Dios. Así, aportamos socialmente a no dejar borrar de la mente de esta sociedad la figura hombre – mujer y familia. Quizás sea este un testimonio sin palabras, que contrarreste el campo que los amigos del pecado quieren ganar. Ellos quieren exhibirse, mostrarse, para que, a fuerza de la costumbre, sus leyes sean aceptadas como normales. No permitamos que en el mundo de Dios pase esto, pues la primera exhibición de la unión entre unos seres humanos en el mundo fue la familia.

Como advertirá, los creyentes debemos ser sabios en esta lucha. No tenemos muchas opciones, porque la lucha está planteada en el ámbito teórico como en el de la práctica. Y ya que esto es así, que nuestras familias sean centros de enseñanza en ambos flancos. Quizás Dios nos use para ganar el terreno que hemos perdido desde nuestros hogares, para la gloria y alabanza de Dios y el bien de esta generación.



jueves, 8 de agosto de 2013

¿EDUCACIÓN SEXUAL O PERVERSIDAD LEGALIZADA?

Para considerar nuestra participación más activa en estos asuntos que hemos omitido por exceso de confianza en las estructuras de educación que provee la cultura sin control y desligada de los principios bíblicos y morales.

Son recursos interesantes que enlazo abajo de cada recurso. Tómese el tiempo

Quedo atento a cualquier iniciativa....












La ética en la educación sexual: panel en el Grupo de Acción Cristiana RD

Hasta hace relativamente poco tiempo, a través de la historia de las naciones occidentales la ley y la moralidad que se deriva del cristianismo han caminado una al lado de la otra, con una relación indispensable, ya que las leyes públicas eran concebidas como la codificación de una cosmovisión moral.
Y aún aquellos que no profesaban la fe cristiana en el sentido en que la Biblia define tal cosa, funcionaban bajo la premisa de que existe un conjunto de normas morales establecidas por el Creador del universo, que trascienden las diferencias culturales y las preferencias personales.
Es sobre la base de esa premisa que podemos evaluar las leyes promulgadas por un organismo legislativo, como justas o injustas. Usualmente no nos limitamos a manifestar nuestro agrado o desagrado en relación a ciertas leyes, sino que las etiquetamos sobre la base de ciertos valores morales absolutos sobre los cuales descansan nuestros derechos.
Por ejemplo, si en nuestro país se promulgara una ley para expropiar todas las residencias de una manzana completa, para construir allí una nueva sede del partido de gobierno, seguramente sería calificada como una ley injusta, porque todos creemos que el derecho a la propiedad privada debe estar incluido en los criterios de justicia a los que toda ley debe ajustarse. En ese sentido, todos tendemos a aceptar a priori que la moral es absoluta, no relativa.
Sin embargo, desde hace ya varias décadas esa premisa está siendo sistemáticamente atacada por una élite urbana, como le llama el sociólogo Peter Berger, que sin ser mayoritarias en número, “son las que controlan las instituciones que proveen las ‘definiciones’ oficiales de la realidad”, tales como la ley, la educación, los medios masivos de comunicación, la academia, la publicidad.[1] Consecuentemente, las normas morales sobre las cuales se construyó el mundo civilizado se han ido esfumando poco a poco de la conciencia colectiva de nuestra sociedad occidental.
A tal punto que cualquiera que se atreva a defender hoy día la existencia de valores morales absolutos se arriesga a ser considerado como un intolerante que no tiene derecho a ser escuchado en la palestra pública. Por supuesto, todos estamos de acuerdo en que la tolerancia es una virtud, siempre que la entendamos como la capacidad de aceptar que otros puedan tener puntos de vistas contrarios a los nuestros y no perseguirlos por ello. Voltaire dijo en cierta ocasión: “Yo puedo estar en desacuerdo con lo que has dicho, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.[2]
En esta versión tradicional de tolerancia, primero tenemos que estar en desacuerdo para que tengamos la oportunidad de tolerarnos. Pero lamentablemente este concepto ha sufrido un cambio radical en los últimos años. Ser tolerante en el día de hoy significa aceptar que nadie tiene derecho a pasar juicio sobre las acciones de otros y muchos menos a expresar, aunque sea respetuosamente, que alguien está equivocado o que está actuando mal.
Como resultado de todo esto hemos cosechado una profunda crisis de valores y de significado que está minando la fibra moral del hombre contemporáneo. La línea que separa el bien y el mal, y lo justo de lo injusto, se está haciendo cada vez más difusa; y las consecuencias están allí a la vista de todos. Aún aquellos que se afanan por defender el relativismo moral, se quejan muchas veces por la falta de conciencia ciudadana o por los males sociales que plagan nuestra sociedad.
Como dice C. S. Lewis en La Abolición del Hombre: “Con una especie de simplismo atroz, extirpamos el órgano y exigimos la función… Nos reímos del honor y luego nos sorprende descubrir traidores en medio nuestro. Castramos y apostamos a que el caballo castrado sea fértil”.[3]
Lamentablemente, cada vez es mayor el número de voces que aboga por una nación sustentada sobre la base de este relativismo moral, como el medio indispensable para el progreso de nuestra civilización y la preservación de las libertades individuales. Por lo tanto, ir en contra de esa agenda es promover un discurso de odio, oponerse al progreso y limitar la libertad del individuo.
Pero lo cierto es que este relativismo moral está siendo levantado sobre algunos argumentos falaces que están siendo muy bien mercadeados por esta élite urbana de la que hablábamos hace un momento. Por ejemplo, se nos quiere vender la idea de que la diversidad de culturas necesariamente implica diversidad de normas y prácticas morales. “Si existen diversas culturas en el mundo, dicen ellos, ¿no es ilógico pensar que existan también normas morales universales y absolutas?”.
Pero ¿acaso no existe la posibilidad de que algunas normas morales sean correctas y otros no? Cuando Guillermo Carey fue de misionero a la India se opuso militantemente a la práctica del satí, es decir, el rito de quemar viva a la viuda juntamente con el cadáver de su marido. Y todos aplaudimos esa iniciativa, porque aceptamos implícitamente una norma moral absoluta que trasciende los límites nacionales y culturales.
Y lo mismo podemos de la mutilación genital femenina que se practica todavía en algunos países africanos y del Medio Oriente; estoy seguro que esta élite “progresista” no dudaría en catalogar esta práctica como violencia de género, porque eso es precisamente lo que es, independientemente de la diversidad cultural.
Por otra parte, la diversidad en prácticas culturales no implica necesariamente una moralidad distinta; muchas de esas prácticas diversas se encuentran enraizadas en un mismo principio moral. Por ejemplo, la forma de mostrar respeto a nuestros seres queridos que mueren puede variar de un lugar a otro; en algunos lugares son incinerados y en otros son enterrados, pero tanto una práctica como la otra responden a un principio moral común.
Otros nos dicen que las normas morales no son más que conductas aprendidas y que, por lo tanto, pueden cambiar de lugar en lugar y de generación en generación. Pero si hay algo que nos enseña la historia es que siempre ha habido personas que han sido capaces de elevarse por encima de su cultura y hacer una evaluación crítica de sus prácticas morales, como es el caso del juramento hipocrático, que data del siglo V a.C.
En una cultura que no siempre trató la vida humana con la debida dignidad, este juramento contiene la siguiente declaración: “A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer supositorios destructores; mantendré mi vida y mi arte alejado de la culpa”. Aquí tenemos un ejemplo de alguien que tuvo la capacidad de pasar un juicio crítico sobre su propia cultura y llegar a conclusiones más coherentes con la dignidad humana al oponerse al aborto y a la eutanasia.
Otro de estos argumentos falaces es que el mejor tipo de sociedad es aquella que se rige por normas seculares, completamente desconectadas de toda creencia religiosa. “Debemos mantener a toda costa la separación entre la iglesia y el estado”, dicen ellos.
Ahora bien, ¿realmente existe la posibilidad de construir un estado absolutamente secular? Por más atractiva que esta idea resulte para muchos, en realidad no es más que una utopía, por la sencilla razón de que el estado tiene que lidiar constantemente con cuestiones que no son seculares en absoluto.
Es una falacia pretender tratar con todos aquellos conceptos que servirán de base a la promulgación de las leyes, tales como valores, la moralidad, el significado de la vida o la identidad humana, desde una postura netamente secular; porque de una forma u otra todos traerán a la mesa de discusión sus propios conceptos sobre la existencia o inexistencia de Dios, o sus propias ideas de lo que constituye el bien mayor, tanto para el individuo como para la colectividad.
Es discriminatorio, entonces, tratar de acallar la voz de los cristianos en ese foro público, sobre la premisa de que nuestras opiniones son religiosas, porque a la larga todas las opiniones que se emitan en esa plataforma serán tan esencialmente religiosas como los argumentos religiosos que ellos rechazan.[4]
Pensemos en el aborto, por ejemplo. ¿Cómo vamos a determinar la naturaleza del nonato? ¿Quién define el momento en que una vida humana comienza a ser sagrada y digna de protección?
O ¿cuáles son los valores que debemos colocar como prioritarios al legislar sobre este asunto, el derecho que tiene la madre a decidir si continúa con el embarazo o el derecho que tiene la criatura en gestación a ser protegida? Cualquiera que sea nuestro proceso de argumentación, será imposible mantenerlo en un terreno netamente secular.
De modo que si los cristianos abogamos por valores morales absolutos de ninguna manera estamos atentando contra la separación de la iglesia y el estado (una idea, por cierto, que surgió dentro del seno del cristianismo).
En una democracia liberal se debe permitir en el debate la participación de todos los que tengan algo que aportar, cualquiera que sean sus convicciones religiosas o filosóficas. Este es un principio fundamental de toda democracia deliberativa.
Por supuesto, la mayor contribución de la iglesia no es la de tratar de moralizar a la nación, sino la de predicar el mensaje del evangelio, por medio del cual los individuos son reconciliados con Dios a través de la persona y la obra de Cristo, y transformados por el poder del Espíritu Santo. Aunque debemos señalar que la historia ha sido testigo una y otra vez de los beneficios colaterales que han producido los grandes avivamientos del cristianismo a nivel social.
Pero como ciudadanos que somos de la nación, los cristianos no solo tenemos una contribución que hacer en este debate moral, sino que tenemos la obligación de hacerlo por causa del mandato de nuestro Señor Jesucristo de amar a Dios con todos nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos. No es el odio ni la discriminación fanática la que motiva nuestro discurso, sino una genuina preocupación por el bien común.
Por eso nos oponemos con firmeza a toda campaña publicitaria que promueva, directa o indirectamente, la promiscuidad sexual entre nuestros jóvenes adolescentes, pasando por encima a la autoridad de los padres y, a final de cuentas, a la autoridad de Dios mismo revelada en Su Palabra; no solo porque consideramos pecaminosa la práctica de la sexualidad fuera del marco del compromiso responsable y permanente del matrimonio, sino también por las enormes consecuencias emocionales y físicas que muchos de nuestros jóvenes cosecharán (y que no se solucionan repartiendo preservativos), así como los males sociales que esto produce a la corta o a la larga:
Incremento de adolescentes embarazadas, enfermedades de transmisión sexual, daños morales y emocionales al cambiar de una pareja sexual a la otra, y una visión distorsionada del sexo y del matrimonio, entre otras cosas.
Los cristianos consideramos el sano disfrute de nuestra sexualidad como un regalo de Dios, no como algo sucio y pecaminoso; pero, precisamente por eso, queremos preparar adecuadamente a nuestros jóvenes para que hagan un buen uso de ese regalo, en el momento y en la forma debida, y puedan disfrutar de una sexualidad más plena y satisfactoria.
Y lo mismo podemos decir de nuestra oposición al matrimonio homosexual. Cada vez más aumenta el número de voces que claman por el derecho que tienen las personas del mismo sexo a casarse y contar con los mismos derechos de las parejas heterosexuales, como si se tratara de un asunto privado que no afectará en nada al resto de la población que tiene otras preferencias sexuales. Pero ¿de verdad creemos que una redefinición del matrimonio, como la unión permanente entre un hombre y una mujer, no causará ningún impacto social en la nación? Si vamos en el mismo bote y tú decides abrir un hueco en el fondo de tu parcela los dos sufriremos las consecuencias.
Es interesante notar que en los países donde el matrimonio homosexual ha sido legalizado, el número de parejas del mismo sexo que ha decidido casarse está entre un 1.5% y un 3% de la totalidad de la población homosexual. Sin embargo, en esos mismos países la tasa de matrimonios heterosexuales ha decaído grandemente, trayendo como resultado, entre muchos otros, un incremento de niños nacidos fuera del matrimonio.
Pero vayamos un poco más lejos. Una vez sea aprobado el matrimonio homosexual, ¿acaso no debería ser aprobado también el derecho a adopción que tienen esas parejas legalmente casadas? Pero como bien ha dicho alguien, un niño no es un medio para que los adultos sean felices, sino que es un fin en sí mismo.
Si un niño necesita crecer en el contexto de un padre y una madre, privarlo de ese beneficio por egoísmo “adultocéntrico”, no es otra cosa que un atentado con los derechos del niño. Tendremos que esperar años para ver el impacto que este nuevo paradigma de familia producirá en la vida de los niños y niñas que viven en ese contexto, y no deja de ser algo cruel estar haciendo con ellos este tipo de experimento social.
Pero no solo eso. Una vez decidamos redefinir el matrimonio para permitir que las parejas del mismo sexo se casen, ¿cómo podremos impedir otros tipos de combinaciones?
Por ejemplo, leí recientemente el caso de un hombre casado con una mujer, madre de sus hijos, pero que al mismo tiempo es homosexual y tiene relación con un hombre. ¿Por qué vivir a escondidas? ¿Por qué no casarse todos entre ellos, de manera que los hijos puedan tener dos padres en vez de uno? ¿O por qué debemos impedir la poligamia? ¿O grupos de hombres y mujeres, todos casados entre sí?
Las ideas tienen consecuencias. Y lo que nos ha movido estar hoy aquí no es una cultura de odio, ni mucho menos un fanatismo religioso, sino una sincera preocupación por el país que amamos y por el legado que estamos dejando a las generaciones futuras.
Quiera el Señor que muchos puedan ponderar con objetividad nuestros argumentos, no sea que terminemos extraviados, creyendo que vamos transitando por la senda del progreso, pero dirigiéndonos más bien hacia una sociedad neo barbárica. Muchas gracias.



[1] Citado por Nancy Pearcey; Saving Leonardo ( Nashville Tennessee, Publishing Group, 2010), pg. 9.
[2] Donald Carson; Becoming Conversant with the Emerging Church; pg. 69.
[3] C. S. Lewis;La Abolición del Hombre (Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 2000), pg. 32..
[4] Albert Mohler; Culture Shift (Colorado Springs, Multnomah Books, 2008), pg. 17.

POR LA SUPREMACÍA DE CRISTO EN ESTA GENERACION

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Se desea a través de este blog, expresar el pensamiento bíblico coherente, y más cercano a la confesionalidad histórica y reformada y aportar para la aplicación de ella en la vida cristiana, pero no avalamos lo que en contradicción a la fe reformada histórica algunos de los autores hagan o vayan a hacer en un futuro

A Dios sea la goria.